Periódico El Norteño. año 2026. Armero Tolima, Colombia, América del Sur. "Y no se muere quien se va, solo se muere el que se olvida" . Canserbero.

CONTENIDO:

Reseña historica del Periodico El Norteño. 

Perspectivas Armeritas. Por Luis Fernando Leal Rodríguez

Por Claudia Mercedes Ramírez

La estafa perfecta. Por Fernando Cervantes del Portillo 

El Presidente de la Corte Suprema de Justicia en Armero.  Por Alexander Torres Calderon

Traumatizados con el Nicuro.  Por Roberto Ramírez Villamizar 

La niña Omaira Sánchez de Armero. Por Luis Fernando Monroy

Panadería Sajonia-- familia Mieth Angarita.  Por Hildegard Mieth

Un vuelo, un gran recuerdo. Por Alexander Vanegas Espinosa 

¿Hay futuro para Armero? Por Esperanza Tovar Cala

Las últimas risas en el canal de riego (acequia)de Armero. Por Andrés Diaz Uribe

La Memoria se reconstruye con aportes en relatos. Por Gloria Stella Marín Acosta

¿Qué es Armero, Tolima, para mí? Por Carlos Cabezali.

Primera boda en la tarde. Por Martha Cecilia Amezquita Valero e Hipolito Amézquita Valero

Los hijos del volcán, la última generación de la ciudad blanca.

Encuesta, canciones, fotos, historias, videos y recuerdos de Armero Tolima.

 

El  Norteño esta disponible en edicion virtual.

 

 

Puedes ingresar al siguiente link :

https://armero.123colombia.com/ 

 

 

 Roberto Ramírez G, Ana Mercedes Villamizar y Andrés   Felipe Cubides Ramírez - Foto Diciembre 1984 Bogotá DC.  

 

RESEÑA HISTORICA DEL PERIODICO EL NORTEÑO.

 

Fundado y dirigido por Roberto Ramírez González en el año 1972, era una publicación al servicio del Norte del Tolima, con licencia de funcionamiento No 2226, el periódico era impreso en la Editorial La Noticia de Ibagué en una sola tinta. 

El proceso de diagramación en esa época era bastante complejo porque se debían organizar todas los artículos palabra por palabra en lo que se llamaba linotipo (Máquina para componer textos tipográficos que fundía el metal de las letras de una línea completa de texto y facilitaba la composición). Este proceso generaba que se hiciera varias impresiones de prueba para revisiones de espacio, ortografía y redacción antes de ordenar su impresión final. Para el año 1984 el precio del periódico era $ 10 pesos pero la mayoría de los ejemplares eran regalados, el diario sobrevivía con la pauta publicitaria de empresas, juzgados, alcaldía y almacenes de comercio.

Siempre se caracterizó por ser imparcial en temas de política, crítico con las injusticias sociales y muy cercanas a las causas sociales. El subdirector del periódico era el Periodista Jorge Rojas H quien vivía en la ciudad de Mariquita.

Salió de manera ininterrumpida hasta el mes de noviembre de 1985, año de la tragedia de Armero. 

Desde hace 7 años, sus hijos Claudia Mercedes, Roberto Augusto “CUCO” y nietas María Mercedes, María Alejandra y Silvana, han querido rendirle un homenaje a su  fundador y director Roberto Ramírez, sacando el periódico cada 13 de Noviembre. Se han tocado diferentes temas buscando mantener vivo el recuerdo de nuestro querido Armero en las actuales y futuras generaciones.

Intentamos hacer el Periódico El Norteño 2025 lo más cercano a como se hacía en esa época, como parte del homenaje, queremos agradecer infinitamente a las siguientes personas y empresas, que con sus valiosos aportes y donaciones hicieron posible que se cristalizara esta edición de manera virtual y física, así: Seguros La Consolidada, Proarroz, Clara Barrios, Juan Carlos Ramos. Carlos Nieto Ramírez, Gina Solano, Cali Rodríguez, Aida Hernández, Margarita Castro, Luis Fernando Monroy, Teresa Melo a todos nuestros columnistas y nuestra correctora Lili  por su vital aporte.

Ultimas ediciones del Periodico El Norteño. 

 

 Perspectivas Armeritas.  

 

El Armero de nuestros recuerdos tiene historia milenaria, se conoce por múltiples documentos de investigación que narran acerca de la destrucción de un asentamiento indígena de Panches, Pijaos  y otros nativos que habían organizado sus viviendas en el cauce del río Lagunilla, atraídos por la fertilidad de las tierras del valle para el auge de los cultivos agrícolas; este  primer impacto documentado de la erupción del volcán nevado del Ruiz data de 1595, arrasó al caserío conocido como  Tasajeras; se reportaron 635 fallecidos en su mayoría indígenas y colonos.

Los pobladores y colonos se organizaron con el paso del tiempo en el mismo sitio, creciendo en el número de habitantes en este valle, impulsados principalmente por la agricultura y ganadería; se destacaba ya el tabaco y el algodón como las principales fuentes de comercio.

En 1845, un 19 de febrero se documenta una segunda erupción del volcán nevado del Ruiz que impacta  a la población ya conocida como San Lorenzo; el desbordamiento del río causa un gran desastre arrasando la mayoría de las viviendas con un número calculado de mil personas fallecidas. Con el tiempo, nuevamente se organiza el asentamiento de colonos y migrantes que buscaban los beneficios que los terrenos de este valle les ofrecía.  Este desarrollo agrícola de la región atrajo jornaleros, colonos y finqueros de otras regiones incrementando el número de pobladores; para 1904 San Lorenzo fué reconocida como distrito municipal con una población de dos mil habitantes. En 1930 el presidente de la república mediante decreto público le cambió el nombre de San Lorenzo por Armero como homenaje al prócer José León Armero.

De todos es conocido que el impulso del trazado de una línea de ferrocarril nacional, le dió el auge a la ciudad blanca para desarrollarse y alcanzar el reconocimiento a nivel nacional por el éxito en los cultivos de algodón, la organización y creación de la federación nacional de algodoneros en esta ciudad, la formación de una exitosa escuela de fumigación agrícola aérea, el auge y crecimiento del comercio, la industria y la ganadería; ya para  1985 Armero era reconocida como la tercera ciudad del departamento después de Ibagué y Espinal.

Siempre se le reconoció como una despensa agrícola por su alta producción de arroz, café y sorgo; el establecimiento de importantes centros educativos, así como la actividad bancaria, comercial e industrial, sin olvidar por supuesto el alto nivel profesional de médicos, odontólogos, enfermeras y otros profesionales del ramo.

Los recuerdos de las tragedias anteriores no fueron suficientemente socializados para concientizar a la población sobre qué hacer en caso de una erupción del volcán ampliamente comentada por los diferentes medios. En septiembre de 1985 los contínuos cismos y erupción de cenizas del volcán, así como la organización de una gran represa en el cauce del río a pocos kilómetros del casco urbano, crearon zozobra, inquietud y desespero en los pobladores del municipio, y las peticiones del alcalde Ramon Rodriguez para que se valoraran los riesgos que podrían generar una nueva erupción, no fueron escuchados por ninguna autoridad departamental ni nacional.

Un miércoles 13 de noviembre de 1985 la erupción del volcán desplazó el lahar con  una fuerza de millones de toneladas de lodo, lava, hielo, agua y piedras impactando en la población localizada a setenta kilómetros de distancia, a una velocidad de más de sesenta kilómetros por hora; en un hecho apocalíptico el 94% de la población fué arrasada, y se calcula que fallecieron entre veinte y veinticinco mil personal, quedaron miles de damnificados, cientos de niños perdidos; son recuerdos imposibles de olvidar. Nadie supo que hacer ni como manejar la situación en ese momento. Esta erupción volcánica queda registrada como la más mortífera y destructiva en la historia de Colombia y del mundo.

Los derechos humanos de supervivencia de los Armeritas fueron vulnerados antes, en y después de la tragedia. Las donaciones y ayudas nacionales e internacionales fueron dilapidadas. La creación por el gobierno nacional de la entidad Resurgir fué un fiasco; hasta la Cruz Roja falló.

Serán los descendientes de los pobladores vivientes post tragedia y otros factores geo-sociales los que determinen el futuro de la ciudad que un día se llamó la “capital blanca de Colombia”. Agradeciendo al periódico el Norteño que nos permite expresar nuestros sentimientos, este aporte respetuoso de este servidor para los cuarenta y un años del recuerdo de la tragedia en noviembre 13 del 2026, invita a pasar la página y a no buscar más culpables en esta catástrofe natural. Armero Vive, depende de nosotros.

 

Luis Fernando Leal Rodríguez.

 

  

 

 

 

 

 

 

Casa Familia Ramírez Villamizar ubicada en la calle 12 # 19- 21 Armero Tolima. Render elaborado por el Armerita por adopción el  Arquitecto Javier Díaz cel 3208088806.

 

 

 

La estafa perfecta.

 

En 1975, cuando estábamos estrenando el Molino San Lorenzo en Armero y todavía creíamos que el mundo era un lugar habitado principalmente por personas honestas, aparecieron cuatro señores llegados de Bogotá en una camioneta. Venían muy bien vestidos, hablaban con una seguridad deslumbrante y cargaban una cámara de cine tan impresionante que cualquiera habría pensado que estaban filmando la próxima película de Hollywood.

Se presentaron como productores de televisión y nos propusieron realizar un documental sobre el proceso de trilla del arroz para transmitirlo en un programa cultural de alcance nacional. Durante la conversación mencionaron tantos actores, presentadores y celebridades que uno terminaba creyendo que Gabriel García Márquez les prestaba libros y que Fernando González Pacheco los invitaba a almorzar los domingos.

Antonio Gordillo, gerente del molino, preguntó cuánto costaba semejante oportunidad de pasar a la fama. La respuesta fue: treinta mil pesos. Consultamos con el presidente de la junta directiva, quien, más precavido que nosotros, autorizó el negocio pero ordenó pagar solo la mitad por adelantado. Los visitantes aceptaron con una sonrisa tan amplia que hoy, viéndolo en retrospectiva, debió hacernos sospechar.

Firmamos un contrato con sellos, membretes y toda la parafernalia necesaria para inspirar confianza. Después comenzó la grabación.

Antonio y yo nos convertimos instantáneamente en estrellas de televisión. Caminábamos por el molino explicando el funcionamiento de las máquinas con una solemnidad que ni los presentadores del noticiero. El camarógrafo nos daba instrucciones:

—Más despacio. —Miren a la cámara. —Repitan esa toma.

Y nosotros obedecíamos felices, convencidos de que el país entero estaba a punto de descubrir dos talentos actorales ocultos en el negocio arrocero.

Durante dos horas recorrimos todas las instalaciones. Terminamos agotados pero satisfechos. Les entregamos el cheque por quince mil pesos, nos despedimos cordialmente y nos quedamos imaginando la enorme audiencia que admiraría nuestra brillante actuación el sábado siguiente.

Llegó el gran día.

A las tres de la tarde yo ya estaba instalado frente al televisor con mi familia.

Antonio hacía lo mismo junto a toda su familia. Esperamos con paciencia. Pasaron

las tres y media, las cuatro, las cinco y las seis. Del documental, ni rastro. Del molino, menos. De nuestras dotes artísticas, tampoco.

Para no admitir tan rápido el desastre, concluí que tal vez la programación había cambiado. El optimismo es una enfermedad difícil de curar.

Pero el lunes intentamos llamar al número que figuraba en el contrato. Llamamos una vez. Dos veces. Diez veces. Nadie contestó.

Antonio y yo nos miramos en silencio. No hizo falta decir una sola palabra. En ese instante comprendimos que habíamos financiado la carrera cinematográfica de cuatro pícaros profesionales.

Todavía hoy sospecho que la cámara ni siquiera tenía película. Lo más probable es que nuestras brillantes actuaciones jamás quedaran grabadas y que aquel documental exista únicamente en nuestra memoria.

Nunca volvimos a saber de ellos. Así terminó nuestra fugaz carrera en la televisión nacional: dos horas como artistas, quince mil pesos menos en la cuenta y una lección que, por desgracia, resultó mucho más real que la película.

 

Por Fernando Cervantes del Portillo

  

 

 El presidente de la Corte Suprema de Justicia en Armero.

 

A principios de 1983, acababa de terminar el último año de derecho y, con los ímpetus de mis 22 años, padecía la arrogancia de la juventud, pero la vida se encarga de darnos lecciones de humildad. En las temporadas que estaba en Armero, me gustaba hacerme cargo de los pagos semanales en la finca de mi padre, y gozaba recorriendo esos terrenos a caballo; este era mi programa favorito de los sábados en la mañana.

Un día de aquellos, al pasar por la casa de la finca, vi a mi padre sentado con un señor desconocido. Me bajé a saludar y observé que estaban departiendo unos aguardientes, lo que me extrañó, pues a mi papá solo le gustaba el whisky y de forma muy moderada en eventos sociales; jamás un día cualquiera y en la mañana.

Después de saludar, mi papá me invitó a departir con ellos. Pude apreciar que su acompañante era un hombre como de su misma edad, vestía muy informal —pantalón y camisa caqui— y me llamó la atención que requería de muletas para desplazarse. Yo no supe de quién se trataba; por su estampa sencilla, consideré a la ligera que de pronto era un trabajador o algún vecino de la finca. Al calor de los tragos, la conversación derivó en algún tema jurídico y, como buen abogado recién egresado, emergió el gallito de pelea que había en mi; la charla se transformó en un debate en el que, por supuesto, yo consideraba tener la razón y el Sr amablemente me refutaba con sus puntos de vista.

Mi papá no intervino; solo dejó que fluyera la conversación mientras me miraba sonriéndose de forma socarrona. En mis adentros entonces pensé que el tipo debía ser un abogado de provincia o un empleado de juzgado, y yo seguía empecinado en cuestionar sus opiniones. Solo al final de esta improvisada reunión supe que se trataba de Humberto Murcia Ballén, quien en ese momento era magistrado de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia y al año siguiente,

1984, asumió la presidencia de esa Corporación. Resultó que el Dr. Murcia y mi papá se conocieron de forma casual en Europa, a bordo de un crucero. A mi papá le llamó la atención un hombre al que le faltaba una pierna y que se desplazaba por la cubierta bamboleante con mucha agilidad, y este encuentro derivó en la invitación que mi papá le hizo para visitar Armero, afianzando entre ellos una gran amistad.

Tiempo después, la hija mayor del doctor Murcia consiguió un cupo para sus prácticas de medicina en Armero, de modo que el doctor Murcia visitó con alguna frecuencia a su hija —que se hospedaba en la casa de los Monroy— y también a nosotros, que igualmente tuvimos el honor de visitar su residencia al norte de Bogotá.

No recuerdo los detalles de aquel debate; considero que no dije muchas pendejadas, porque él mismo me ofreció ayuda con un nombramiento en la rama judicial para cumplir el requisito de la judicatura para graduarme. En esa época el poder de un magistrado de la Corte era inmenso, más que ahora, e inmediatamente me nombraron en un Juzgado de Instrucción Criminal en Ibagué, un alto cargo para un abogado bisoño; luego transité por Alvarado y terminé en Facatativá, siempre bajo su amparo. Este periplo se prolongó por un poco más de un año, me gradué de abogado en diciembre de 1984 y me radiqué en Armero.

Una de las razones por las que no estuve en Armero aquel fatídico 13 de noviembre fue ir a visitar al doctor Murcia en su casa, terminada la sangrienta toma del Palacio de Justicia por parte del M19. Lo encontré en su cuarto, acostado, con la cara aún ennegrecida por el humo y el fuego, muy maltrecho física y anímicamente, apesadumbrado por la convicción de que el gobierno había abandonado a los magistrados a su suerte y que habría sobrevivido solo gracias a un milagro.

Hoy, al mirar atrás, no puedo sino expresar mi más profundo reconocimiento y gratitud eterna al doctor Humberto Murcia Ballén. Su generosidad, su sencillez para mezclarse con la vida de provincia y su nobleza al tenderle la mano a un joven abogado marcaron para siempre mi camino profesional. Su memoria vive ligada a los mejores años de aquel Armero que se nos fue, pero cuyo recuerdo perdura en la gratitud de quienes tuvimos el privilegio de conocer su grandeza como persona y como eximio jurista.

 

Alexander Torres Calderon

 

Traumatizados con el Nicuro.  

Contexto: El nicuro (científicamente conocido en algunas de sus variedades como Pimelodus yuma o Pimelodus clarias) es un pescado de agua dulce altamente popular en la gastronomía de Colombia. Pertenece a la familia de los bagres (pimelódidos), por lo que se caracteriza por no tener escamas y poseer barbillas o Bigotes.  Explicación obligada para las nuevas generaciones.

Quiero compartir con todos ustedes el trauma que tengo con los Nicuros, trauma generado por mi padre Roberto y mis queridos tíos. Mis tíos eran Zoraida “La Nena” Ramírez una hermosa mujer, muy alegre, con una bella sonrisa, conversadora, bondadosa, la tía Nena era inmensa y su corazón era proporcional a su cuerpo, era una mujer supremamente amable y generosa. Fue una persona muy importante para mi padre, al convertirse en su figura materna ante la muerte de sus padres, fue quien lo crio, acompañó y lo sacó adelante. El tío Ramón, cariñosamente llamado “El Coronel”, que aunque nunca portó el uniforme era, sin lugar a duda, quien mandaba y la cabeza de la familia. Un hombre serio pero muy familiar, sumamente elegante, organizado, directo en sus palabras y a quien le debemos mucho porque su casa se convirtió en nuestro refugio tras la tragedia del 13 de noviembre. Finalmente, estaba el enigmático tío Pedro, no tengo muchos recuerdos de él, era muy serio, solitario, fumaba y solo tengo presente que vivía en una casa lote donde años después se construyó la sección de primaria del colegio Americano en Armero.  

En ciertas semanas del año los hermanos Ramírez González (La Nena, Ramon, Pedro y Roberto) se reunían en Armero para pasar algunos días juntos. Eran días en los cuales la rutina y horarios de mi hogar se cambiaba en su totalidad.

Mi padre se trasteaba a dormir en la misma habitación con mi tía Nena y el Coronel, aún me pregunto cómo lo hacían. Los hermanitos madrugaban a las 5:00 am a charlar, escuchar noticias y a tomar tinto. El menú de la casa variaba de inmediato, especialmente en el almuerzo, que era de obligatoria asistencia a una hora establecida, como se acostumbraba en esa época. En mi casa el almuerzo era a las 12: 30 horas. Es ahí donde inicia mi trauma con el famoso nicuro.

Para un día de almuerzo mi padre compraba entre 2 y 3 sartas de nicuro (forma tradicional en la que se agrupa y vende el Nicuro consiste en una hilera de aproximadamente 40 a 60 pescados amarrados o ensartados uno tras otro con una cuerda o fibra natural) para ser consumidos en el almuerzo por los hermanos Ramírez Gonzales. El proceso era complicado porque cocinar entre 90 o 100 pescados promedio, dependiendo del tamaño, acompañados con papas, obligaba a tener una olla especial y una dedicación total para que los pescados no se deshicieran en el proceso de cocción, convirtiéndose más bien en una sopa de nicuro. Mi casa, si bien tenía una excelente ventilación, era invadida por el olor a pescado sudado que podía, inclusive, sentirse desde la verja de la casa, que distaba de unos 15 metros de la cocina.    

Este manjar completo era colocado en una bandeja “GRANDE” especial que tenía mi madre, en la cual, se disponían todos los nicuros sudados, aparte en otro recipiente se servían las papas y en una jarra plástica agua de panela fría con limón.    

Los Ramírez Gonzales se sentaban en la mesa de la siguiente manera: el tío Ramón en la cabecera de la mesa, mi padre Roberto al lado derecho y la tía Nena al lado izquierdo. El tío Pedro no era muy asiduo participante o asistente al ritual de esos manjares ofrecidos por el Rio Magdalena. Frente ellos se ubicaba la bandeja con los nicuros (la verdad era un arrume de pescados), las papas sudadas, el agua de panela fría y una bandeja auxiliar para cada uno de los comensales. Mi madre Mercedes, mi hermana Claudia y yo estábamos en el otro lado de la mesa y éramos espectadores de este bacanal gastronómico. Como ustedes entenderán la mesa era exclusivamente para los hermanos Ramírez Gonzales. Mi padre y sus hermanos habían vivido en Honda Tolima mucho tiempo y de ahí, creo yo, aprendieron y adquirieron una singular forma de devorar pescados.  

El procedimiento para consumir los nicuros era muy sencillo: tomaban el pescado por la cabeza y la cola con las manos y lo pasaban por la boca succionado la carne (como si se tocara una armónica), para cada nicuro bastaban dos pasadas por la boca en ambas direcciones, para que quedara únicamente el esqueleto del pescado (endoesqueleto), el cual era depositado por cada uno de los comensales en la bandeja auxiliar.  Este proceso se repetía hasta acabar con la totalidad de los pescados cocinados. Creo yo que en promedio cada uno llegaba a consumir unos 30 pescados en una sola sentada. 

Para mí, personalmente, me era imposible hacer parte de este festín gastronómico de los hermanos Ramírez Gonzales, creo sin temor a equivocarme, que desde esa época yo borre totalmente (Trauma) el nicuro de mis opciones alimenticias para el resto de mi existencia. Mi madre sabía que ese día había que hacer dos menús: uno para mis tíos y mi padre y otro muy diferente para el resto de la familia.          

Al término de este almuerzo los hermanos Ramírez Gonzales se sentaban tranquilamente en la sala, como si nada hubiera sucedido y tomaban café para mejorar y facilitar la digestión.

Sin embargo, y muy a pesar del trauma creado, quisiera que hoy estuvieran compartiendo mi mesa, y si así fuera, tal vez... solo tal vez, podría unirme como comensal a su menú favorito.  

Con esta corta historia hago un homenaje a los Hermanos Ramírez Gonzales, que ya no están en este plano y deberán estar desde el cielo mirándonos y riéndose de este bello recuerdo y trauma generado.

Cordialmente

Roberto Augusto Ramírez Villamizar

 

 

 

Esperanza Tovar Cala

Una Lideresa llena de esperanza

 

 

 

 

 

Y sigue dando cátedra…

 

 

 

 

 

 

 

 

  Miguel Angel Gonzalez. Celular 317 3266140

 

PANADERIA SAJONIA-- FAMILIA MIETH ANGARITA.

 

El olor a pan recién horneado está todavía conmigo. Crecí viendo a una mujer que no le decía que no a nada para poder darles a sus hijos y a los demás miembros de su familia el bienestar que ella deseaba para ellos.

Contaré una de las historias de mi familia que, junto con todas las vividas, nos ayudó a ser lo que hoy somos.

La Panadería Sajonia nació de una necesidad económica bastante grande, cuando mi madre decidió apoyar incondicionalmente a mi padre para tener otro ingreso, que tanto necesitaba la familia en ese momento.

Ella, muy inteligente, decidió hablar con sus grandes amigas Salua de Murad y doña Ofelia de García, ambas trabajadoras independientes con negocios prósperos, para decidir entre las tres cuál podría ser el mejor negocio que mi madre, Aliria Angarita de Mieth, podía montar. Después de mucho análisis llegaron a la conclusión: hacer pan; ese era el negocio. Una buena panadería era una excelente oportunidad, y fue ahí, de esa reunión de amigas solidarias y comprometidas, donde nació la Panadería Sajonia.

Ahora se presentaban otros retos: mi mamá no sabía hacer pan, así que un grupo de amigas alemanas le compartió sus conocimientos y le enseñó a hacer el famoso pan aliñado. El pan huevo fue el primero que salió a la venta.

Así comenzó, a punta de prueba y error, a hacer el pan en el pequeño horno de la estufa de la casa. Me acuerdo de que mis hermanas mayores, Elsa e Irma, se turnaban para hornear y muchas veces amanecían acompañando a mi madre. Una vez salía el pan del horno, se dejaba enfriar y se repartía en las casas de las amigas. Ese trabajo de repartidora del pan era mi responsabilidad, con apenas ocho años. La verdad, trataba de hacer bien mi tarea, pero a veces perdía el control del canasto (no era tan grande; no era por el peso, sino porque, en lugar de caminar, corría) y el canasto terminaba en el suelo. Aun así, siempre cumplía con mi tarea de entregar el pan y llegar a la casa con el dinero de la venta.

Iniciaba el recorrido parando en el Colegio Americano, con la señorita Carmen Durán, y en la casa de la familia Arciniegas; luego pasaba por las casas de la señora Cleotilde de Charry, la señora Priscila de Fernández y la familia Zárate; seguían doña Ofelia, la familia Arias y Salua de Murad con su familia, entre otras.

El negocio empezó a consolidarse y a mostrar que sí tenía futuro. Entonces entraron mi padre y mi hermano mayor, Willy, y empezaron a diseñar el plan para darle forma a la panadería en la que tantos armeritas tuvieron la oportunidad de degustar sus deliciosas cañas, borrachos y mojicones, el pan cedro, el pan huevo y el pan integral, muy apetecido sobre todo entre las generaciones mayores, además de tantas otras variedades que se producían.

La panadería ya tenía nombre: Sajonia. Mi padre, Willy Mieth, quiso darle así un reconocimiento a su patria chica, y seguíamos creciendo.

Con el aumento de las ventas ya no dábamos abasto con los pedidos, y no se podía seguir usando el horno de la casa. Se adquirió el primer horno, uno blanco, a gas. El cambio hizo que nuestros amigos y clientes fueran hasta la panadería a esperar que saliera el pan recién horneado y, así, calientico, lo disfrutaban. Se daban el gusto de comer pan recién salido del horno, y el poco que quedaba llegaba a la casa para disfrutarlo en familia. Entre quienes más disfrutaban de ese momento estaban nuestro amigo Roberto Arias y la familia Gutiérrez Zárate.

Seguíamos creciendo. Mi hermano Willy y mi padre decidieron que era el momento de incorporar tecnología para poner en marcha un plan más grande. Fue entonces cuando se decidió construir, en la parte de atrás de nuestra casa, la sede de la Panadería Sajonia. Se utilizó el lugar donde mi padre tenía su taller, donde se crearon tantas máquinas y que nos dejó tantos recuerdos; su entrada era por el portón, por la parte del garaje de la casa.

Mientras eso ocurría, mi madre viajaba todos los días a Mariquita (Tolima) a estudiar; así es: a estudiar cómo hacer pan. La panadería La Rosa Blanca nos abrió sus puertas. Ese salto fue muy importante. Como familia, siempre estuvimos muy agradecidos con los dueños de La Rosa Blanca por habernos dado esa oportunidad: compartieron secretos del negocio, guiaron a mi padre y a mi hermano sobre lo que era mejor para crecer, y a mi mamá le dieron la mejor preparación.

Se puso en marcha la industrialización de la panadería. Se construyó un horno nunca antes visto en Armero, obra del mejor constructor de hornos de la zona, oriundo de Honda y recomendado por los dueños de La Rosa Blanca. Este horno tenía capacidad para 30 latas de 80 × 100cm, se calentaba con ACPM y contaba con control de calor y termostato. Pero lo mejor era ver cómo los empleados de la panadería, algunos de ellos antiguos empleados de La Rosa Blanca, como Raúl Flores (nuestro empleado más leal, quien con los años se convirtió en parte de nuestra familia y hoy vive en su casa en Ibagué), sacaban las latas de pan y les daban el término de cocción perfecto. Además de este horno, la panadería contaba con la tecnología de panificación que existía en ese entonces: mezcladoras, cortadora, cilindradora, un espacio para el descanso de la masa, mesón de moldeo, estantes metálicos y su bodega, donde se almacenaban la harina y todos los ingredientes necesarios para la producción del pan.

Ahí todos trabajábamos; cada uno tenía su labor. La mía era “embolar el pan”, que consistía en preparar la mezcla de huevo con leche y pasarla por cada uno de los panes antes de hornearlos. Mis hermanos vendían, y la abuela Etelvina se encargaba de hacer la crema rosada que se les ponía a las famosas cañas. Los sobrinos eran los que les ponían la mantequilla y el azúcar a los roscones y a los panes de mantequilla recién salidos del horno; claro, por cada uno que le ponían, uno que se comían.

La panadería fue creciendo, y la familia también: llegaron las cuñadas, los cuñados y los sobrinos, y todos pasaban a ayudar a la hora del boleo. Todos aprendimos a querer la panadería y a respetar el esfuerzo de mi madre por haber cristalizado su sueño.

Me acuerdo de que la fama de la panadería no solo creció en la ciudad, sino que llegó hasta poblaciones como Méndez, de donde venían varios dueños de negocios a comprar pan cada semana (no sé si todavía exista la banca del parque que decía “Panadería Sajonia de Aliria de Mieth”), y también desde Palocabildo, San Pedro y Cambao. En su mejor momento, la panadería llegó a tener 12 empleados y se hacían 30 arrobas de pan diarias.

Una anécdota muy linda es la de don Miguel Gutiérrez, gran amigo de la familia, quien, al ver que la panadería no contaba con una caja registradora, llegó un día con una caja en la que se podían poner los billetes ordenados y que se podía cerrar con llave, además de un molde de metal donde se ponían todas las monedas. Esa fue la única caja que tuvo la panadería durante toda su existencia. Mi madre nunca la quiso cambiar, porque era un regalo que apreciaba mucho.

Otra anécdota: en Guayabal había un ancianato, y mi mamá también les enviaba pan a los abuelitos; en su cumpleaños iba hasta allá y llevaba almuerzo, gaseosas y, claro, el tradicional ponqué.

Otra más: en El Líbano vivía mi tío Eduardo Angarita, odontólogo, que era el único que podía entrar al convento de clausura que había allí. Les llevaba pan a las monjas y, como les gustaba tanto, les prometió que su hermana Aliria les iba a enseñar a hacerlo, y así fue. Mi madre viajaba de Armero a El Líbano, y allí les enseñó a las monjitas a hacer el pan.

Me marcaron muchas vivencias, pero lo que más me marcó fue ver que, así como recibía, mi madre compartía. Me acuerdo de que en Navidad, a todos los niños que llegaban a comprar pan, ella comenzaba a preguntarles cuántos años tenían, cuántos hermanos, sus tallas… Esa lista crecía año tras año y, con la lista en mano, iba donde doña Ofelia y donde Salua a comprar lo que ella llamaba “la pinta de Navidad” (la pinta completa, incluidos zapatos y medias). Después de cerrar la panadería, nos gastábamos horas y horas haciendo los paquetes de regalo. El día en que los niños eran citados, a cada uno se le entregaba una bolsa de galletas y su regalo. Esa tradición continuó por muchos años.

Los años pasaron y nuestros padres empezaron a sentir el peso del tiempo y del intenso trabajo; su ritmo disminuyó. Ya no se hacía la misma cantidad de pan; solo se continuaba con una historia que marcó muchas vidas.

Y estas anécdotas reposan en la memoria de muchos de nosotros y de todos los que vivieron en la calle 10 o estudiaron en el Colegio Americano, a quienes el olor a pan recién horneado les recordaba la hora del recreo o la hora de salir corriendo a comprar pan. Esta historia terminó el 13 de noviembre de 1985, pero sigue viva en nuestros recuerdos.

Gracias al Periódico El Norteño por invitarnos a compartir esta historia de nuestra familia.

 

Hildegard Mieth 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rincon Literario Armerita.  

El Gato Martínez, es el personaje central en la novela Mefistófeles no es mi nombre. Un relato que no cuenta una simple historia, en este caso la de una familia en San Lorenzo de Armero a la llegada de los alemanes. Un éxodo de extranjeros que llegaron al Norte del Tolima. Una novela hibrida que no se queda en la simple historia, es la combinación de diversas disciplinas y muestra ante todo, una investigación profunda. Escrita por Ángel Martínez, es todo un desafío y sugiero su lectura. Un libro que se lee de manera deliciosa porque se siente aprendiendo. Va dejando una serie de experiencias maravillosas, sorprendentes y llenas de toda esa sorpresa que debe tener una buena historia.

Carlos Orlando Pardo Rodríguez. Pijao Editores.

 

 

 

 La niña OMAIRA SÁNCHEZ de ARMERO.

 

Es sorprendente la devoción que se ha generado en torno a la niña Omaira Sánchez, y que se expresa en más de mil plaquetas que rodean su tumba y agradecen los favores recibidos. Son numerosos los testimonios sobre el apoyo recibido de la niña Omaira y aquí incluimos unos. Algunos afirman que la niña no hace los milagros, sino que es la intercesora ante DIOS, para que alivie el sufrimiento por sus quebrantos de salud, entre otras situaciones o problemas.

En todos los casos se sienten favorecidos por esta niña que en medio de su padecimiento mostró su fortaleza, que sustentaba en una profunda fe en Dios y por ello la visualizan como un ángel o una santa. Por eso no hay espacio para colocar una placa más de gratitud, en los muros creados para tal fin, y optan por ubicarlas en los sardineles o en las materas de cemento circundantes. Actualmente son adheridas a los escombros del entorno. El lugar donde falleció la niña Omaira, también se encuentra colmado de las mencionadas placas, veladoras y otros elementos que las personas depositan, igual como se observa en otros santuarios. Así mismo, se sabe que un devoto vino desde los llanos orientales, para agradecer un favor recibido e instaló un poste con reflectores, con un panel de energía solar y los correspondientes sensores, para que la luz se encendiera automáticamente al comenzar la penumbra y de esta forma nunca le faltara la luz.

Afirman que una señora procedente del municipio de Melgar le construyó un techo a la tumba, en señal de gratitud porque intercedió para recuperar su salud. Comenta que era menor de edad, cuando por televisión conoció lo sucedido con la niña en Armero y le generó un gran asombro por su fortaleza en tan difíciles momentos, así que, al igual que Omaira, cuando estuvo al borde de la muerte, nunca perdió la fe en DIOS. Para María Eugenia, ella es una Santa.

Conocí hace unas cuantas décadas, una propuesta en esquema básico, para crear un Mausoleo, diseñado por el Maestro Hernán Darío Nova, para que el lugar esté a la altura de cuanto esperan los devotos. El lugar lo amerita y será un gran logro que se avance en su construcción, no se debe dar más espera para construirlo. A través del tiempo, se ha tratado de crear un ambiente propicio con los Jerarcas católicos del Tolima, para ser escuchados, sin tener éxito. De hecho, en la actualidad, una devota adelanta gestiones directamente en el Vaticano. Se espera que finalmente la Curia lleve este clamor a la Santa Sede para que se estudie la factibilidad que la niña Omaira Sánchez, sea beatificada.

Se está dentro de los tiempos para realizar la solicitud, cumpliéndose con los dos requerimientos para su postulación, aun cuando con uno es suficiente: 1. Que no haya perdido la fe en Dios en el momento del martirio, teniendo evidenciada esa circunstancia mediante los videos que se  encuentran en las redes sociales. 2. En el caso de sanaciones, que se demuestre con los exámenes y pruebas, los favores recibidos o milagros mediante su intercesión.

En consecuencia, y ante el gran fervor y la romería que se ha venido observando a lo largo de casi 4 décadas, es importante que la Curia colombiana emprenda los procedimientos y convocatorias pertinentes para responder al clamor de la comunidad. No obstante, para miles de devotos ya es considera una Santa Popular.

 

LUIS FERNANDO MONROY URIBE. Autor del libro SOBREVIVÍ A LA CATASTROFE DE ARMERO

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Coronel (V) LUIS ALEXANDER VANEGAS ESPINOSA

 

 

 

 

 

 

 

 

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Memoria

 

 

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nos queda no callar, no pasar la página y más bien compartir, con quienes llevamos en nuestras venas y en nuestro pensamiento, a el Armero qué nunca desapareció.

 

Por David Felipe Morales