Periódico El Norteño. año 2026. Armero Tolima, Colombia, América del Sur. "Y no se muere quien se va, solo se muere el que se olvida" . Canserbero.

CONTENIDO:

Perspectivas Armeritas. Por Luis Fernando Leal Rodríguez

Por Claudia Mercedes Ramírez

La estafa perfecta. Por Fernando Cervantes del Portillo 

El Presidente de la Corte Suprema de Justicia en Armero.  Por Alexander Torres Calderon

Traumatizados con el Nicuro.  Por Roberto Ramírez Villamizar 

La niña Omaira Sánchez de Armero. Por Luis Fernando Monroy

Panadería Sajonia-- familia Mieth Angarita.  Por Hildegard Mieth

Un vuelo, un gran recuerdo. Por Alexander Vanegas Espinosa 

¿Hay futuro para Armero? Por Esperanza Tovar

Las últimas risas en el canal de riego (acequia)de Armero. Por Andrés Diaz Uribe

Contadores de 1985: lápiz, sumadora y papel carbón. Por Juan Carlos Ramos Ortiz

La Memoria se reconstruye con aportes en relatos. Por Gloria Stella Marín Acosta

¿Qué es Armero, Tolima, para mí? Por Carlos Cabezali.

Primera boda en la tarde. Por Martha Cecilia Amezquita Valero e Hipolito Amézquita Valero

Los hijos del volcán, la última generación de la ciudad blanca. Por Gloria Álzate

 

Encuesta, canciones, fotos, historias, videos y recuerdos de Armero Tolima.

 

El  Norteño esta disponible en edicion virtual.

 

 

Puedes ingresar al siguiente link :

https://armero.123colombia.com/ 

 

 

 Roberto Ramírez G, Ana Mercedes Villamizar y Andrés   Felipe Cubides Ramírez - Foto Diciembre 1984 Bogotá DC.  

 

RESEÑA HISTORICA DEL PERIODICO EL NORTEÑO.

 

Fundado y dirigido por Roberto Ramírez González en el año 1972, era una publicación al servicio del Norte del Tolima, con licencia de funcionamiento No 2226, el periódico era impreso en la Editorial La Noticia de Ibagué en una sola tinta. 

El proceso de diagramación en esa época era bastante complejo porque se debían organizar todas los artículos palabra por palabra en lo que se llamaba linotipo (Máquina para componer textos tipográficos que fundía el metal de las letras de una línea completa de texto y facilitaba la composición). Este proceso generaba que se hiciera varias impresiones de prueba para revisiones de espacio, ortografía y redacción antes de ordenar su impresión final. Para el año 1984 el precio del periódico era $ 10 pesos pero la mayoría de los ejemplares eran regalados, el diario sobrevivía con la pauta publicitaria de empresas, juzgados, alcaldía y almacenes de comercio.

Siempre se caracterizó por ser imparcial en temas de política, crítico con las injusticias sociales y muy cercanas a las causas sociales. El subdirector del periódico era el Periodista Jorge Rojas H quien vivía en la ciudad de Mariquita.

Salió de manera ininterrumpida hasta el mes de noviembre de 1985, año de la tragedia de Armero. 

Desde hace 7 años, sus hijos Claudia Mercedes, Roberto Augusto “CUCO” y nietas María Mercedes, María Alejandra y Silvana, han querido rendirle un homenaje a su  fundador y director Roberto Ramírez, sacando el periódico cada 13 de Noviembre. Se han tocado diferentes temas buscando mantener vivo el recuerdo de nuestro querido Armero en las actuales y futuras generaciones.

Intentamos hacer el Periódico El Norteño 2025 lo más cercano a como se hacía en esa época, como parte del homenaje, queremos agradecer infinitamente a las siguientes personas y empresas, que con sus valiosos aportes y donaciones hicieron posible que se cristalizara esta edición de manera virtual y física, así: Seguros La Consolidada, Proarroz, Clara Barrios, Juan Carlos Ramos. Carlos Nieto Ramírez, Gina Solano, Cali Rodríguez, Aida Hernández, Margarita Castro, Luis Fernando Monroy, Teresa Melo a todos nuestros columnistas y nuestra correctora Lili  por su vital aporte.

Ultimas ediciones del Periodico El Norteño. 

 

Perspectivas Armeritas.  

El Armero de nuestros recuerdos tiene historia milenaria, se conoce por múltiples documentos de investigación que narran acerca de la destrucción de un asentamiento indígena de Panches, Pijaos  y otros nativos que habían organizado sus viviendas en el cauce del río Lagunilla, atraídos por la fertilidad de las tierras del valle para el auge de los cultivos agrícolas; este  primer impacto documentado de la erupción del volcán nevado del Ruiz data de 1595, arrasó al caserío conocido como  Tasajeras; se reportaron 635 fallecidos en su mayoría indígenas y colonos.

Los pobladores y colonos se organizaron con el paso del tiempo en el mismo sitio, creciendo en el número de habitantes en este valle, impulsados principalmente por la agricultura y ganadería; se destacaba ya el tabaco y el algodón como las principales fuentes de comercio.

En 1845, un 19 de febrero se documenta una segunda erupción del volcán nevado del Ruiz que impacta  a la población ya conocida como San Lorenzo; el desbordamiento del río causa un gran desastre arrasando la mayoría de las viviendas con un número calculado de mil personas fallecidas. Con el tiempo, nuevamente se organiza el asentamiento de colonos y migrantes que buscaban los beneficios que los terrenos de este valle les ofrecía.  Este desarrollo agrícola de la región atrajo jornaleros, colonos y finqueros de otras regiones incrementando el número de pobladores; para 1904 San Lorenzo fué reconocida como distrito municipal con una población de dos mil habitantes. En 1930 el presidente de la república mediante decreto público le cambió el nombre de San Lorenzo por Armero como homenaje al prócer José León Armero.

De todos es conocido que el impulso del trazado de una línea de ferrocarril nacional, le dió el auge a la ciudad blanca para desarrollarse y alcanzar el reconocimiento a nivel nacional por el éxito en los cultivos de algodón, la organización y creación de la federación nacional de algodoneros en esta ciudad, la formación de una exitosa escuela de fumigación agrícola aérea, el auge y crecimiento del comercio, la industria y la ganadería; ya para  1985 Armero era reconocida como la tercera ciudad del departamento después de Ibagué y Espinal.

Siempre se le reconoció como una despensa agrícola por su alta producción de arroz, café y sorgo; el establecimiento de importantes centros educativos, así como la actividad bancaria, comercial e industrial, sin olvidar por supuesto el alto nivel profesional de médicos, odontólogos, enfermeras y otros profesionales del ramo.

Los recuerdos de las tragedias anteriores no fueron suficientemente socializados para concientizar a la población sobre qué hacer en caso de una erupción del volcán ampliamente comentada por los diferentes medios. En septiembre de 1985 los contínuos cismos y erupción de cenizas del volcán, así como la organización de una gran represa en el cauce del río a pocos kilómetros del casco urbano, crearon zozobra, inquietud y desespero en los pobladores del municipio, y las peticiones del alcalde Ramon Rodriguez para que se valoraran los riesgos que podrían generar una nueva erupción, no fueron escuchados por ninguna autoridad departamental ni nacional.

Un miércoles 13 de noviembre de 1985 la erupción del volcán desplazó el lahar con  una fuerza de millones de toneladas de lodo, lava, hielo, agua y piedras impactando en la población localizada a setenta kilómetros de distancia, a una velocidad de más de sesenta kilómetros por hora; en un hecho apocalíptico el 94% de la población fué arrasada, y se calcula que fallecieron entre veinte y veinticinco mil personal, quedaron miles de damnificados, cientos de niños perdidos; son recuerdos imposibles de olvidar. Nadie supo que hacer ni como manejar la situación en ese momento. Esta erupción volcánica queda registrada como la más mortífera y destructiva en la historia de Colombia y del mundo.

Los derechos humanos de supervivencia de los Armeritas fueron vulnerados antes, en y después de la tragedia. Las donaciones y ayudas nacionales e internacionales fueron dilapidadas. La creación por el gobierno nacional de la entidad Resurgir fué un fiasco; hasta la Cruz Roja falló.

Serán los descendientes de los pobladores vivientes post tragedia y otros factores geo-sociales los que determinen el futuro de la ciudad que un día se llamó la “capital blanca de Colombia”. Agradeciendo al periódico el Norteño que nos permite expresar nuestros sentimientos, este aporte respetuoso de este servidor para los cuarenta y un años del recuerdo de la tragedia en noviembre 13 del 2026, invita a pasar la página y a no buscar más culpables en esta catástrofe natural. Armero Vive, depende de nosotros.

 

Luis Fernando Leal Rodríguez.

 

  

 

 

 CLAUDIA RAMIREZ 

 

 

Casa Familia Ramírez Villamizar ubicada en la calle 12 # 19- 21 Armero Tolima. Render elaborado por el Armerita por adopción el  Arquitecto Javier Díaz cel 3208088806.

 

La estafa perfecta.

En 1975, cuando estábamos estrenando el Molino San Lorenzo en Armero y todavía creíamos que el mundo era un lugar habitado principalmente por personas honestas, aparecieron cuatro señores llegados de Bogotá en una camioneta. Venían muy bien vestidos, hablaban con una seguridad deslumbrante y cargaban una cámara de cine tan impresionante que cualquiera habría pensado que estaban filmando la próxima película de Hollywood.

Se presentaron como productores de televisión y nos propusieron realizar un documental sobre el proceso de trilla del arroz para transmitirlo en un programa cultural de alcance nacional. Durante la conversación mencionaron tantos actores, presentadores y celebridades que uno terminaba creyendo que Gabriel García Márquez les prestaba libros y que Fernando González Pacheco los invitaba a almorzar los domingos.

Antonio Gordillo, gerente del molino, preguntó cuánto costaba semejante oportunidad de pasar a la fama. La respuesta fue: treinta mil pesos. Consultamos con el presidente de la junta directiva, quien, más precavido que nosotros, autorizó el negocio pero ordenó pagar solo la mitad por adelantado. Los visitantes aceptaron con una sonrisa tan amplia que hoy, viéndolo en retrospectiva, debió hacernos sospechar.

Firmamos un contrato con sellos, membretes y toda la parafernalia necesaria para inspirar confianza. Después comenzó la grabación.

Antonio y yo nos convertimos instantáneamente en estrellas de televisión. Caminábamos por el molino explicando el funcionamiento de las máquinas con una solemnidad que ni los presentadores del noticiero. El camarógrafo nos daba instrucciones:

—Más despacio. —Miren a la cámara. —Repitan esa toma.

Y nosotros obedecíamos felices, convencidos de que el país entero estaba a punto de descubrir dos talentos actorales ocultos en el negocio arrocero.

Durante dos horas recorrimos todas las instalaciones. Terminamos agotados pero satisfechos. Les entregamos el cheque por quince mil pesos, nos despedimos cordialmente y nos quedamos imaginando la enorme audiencia que admiraría nuestra brillante actuación el sábado siguiente.

Llegó el gran día.

A las tres de la tarde yo ya estaba instalado frente al televisor con mi familia.

Antonio hacía lo mismo junto a toda su familia. Esperamos con paciencia. Pasaron

las tres y media, las cuatro, las cinco y las seis. Del documental, ni rastro. Del molino, menos. De nuestras dotes artísticas, tampoco.

Para no admitir tan rápido el desastre, concluí que tal vez la programación había cambiado. El optimismo es una enfermedad difícil de curar.

Pero el lunes intentamos llamar al número que figuraba en el contrato. Llamamos una vez. Dos veces. Diez veces. Nadie contestó.

Antonio y yo nos miramos en silencio. No hizo falta decir una sola palabra. En ese instante comprendimos que habíamos financiado la carrera cinematográfica de cuatro pícaros profesionales.

Todavía hoy sospecho que la cámara ni siquiera tenía película. Lo más probable es que nuestras brillantes actuaciones jamás quedaran grabadas y que aquel documental exista únicamente en nuestra memoria.

Nunca volvimos a saber de ellos. Así terminó nuestra fugaz carrera en la televisión nacional: dos horas como artistas, quince mil pesos menos en la cuenta y una lección que, por desgracia, resultó mucho más real que la película.

Por Fernando Cervantes del Portillo

  

 

 

Humberto Murcia Ballén, civilista ilustre y sobreviviente del Palacio de Justicia (1930 - 2019). 

 

 El presidente de la Corte Suprema de Justicia en Armero.

 A principios de 1983, acababa de terminar el último año de derecho y, con los ímpetus de mis 22 años, padecía la arrogancia de la juventud, pero la vida se encarga de darnos lecciones de humildad. En las temporadas que estaba en Armero, me gustaba hacerme cargo de los pagos semanales en la finca de mi padre, y gozaba recorriendo esos terrenos a caballo; este era mi programa favorito de los sábados en la mañana.

Un día de aquellos, al pasar por la casa de la finca, vi a mi padre sentado con un señor desconocido. Me bajé a saludar y observé que estaban departiendo unos aguardientes, lo que me extrañó, pues a mi papá solo le gustaba el whisky y de forma muy moderada en eventos sociales; jamás un día cualquiera y en la mañana.

Después de saludar, mi papá me invitó a departir con ellos. Pude apreciar que su acompañante era un hombre como de su misma edad, vestía muy informal —pantalón y camisa caqui— y me llamó la atención que requería de muletas para desplazarse. Yo no supe de quién se trataba; por su estampa sencilla, consideré a la ligera que de pronto era un trabajador o algún vecino de la finca. Al calor de los tragos, la conversación derivó en algún tema jurídico y, como buen abogado recién egresado, emergió el gallito de pelea que había en mi; la charla se transformó en un debate en el que, por supuesto, yo consideraba tener la razón y el Sr amablemente me refutaba con sus puntos de vista.

Mi papá no intervino; solo dejó que fluyera la conversación mientras me miraba sonriéndose de forma socarrona. En mis adentros entonces pensé que el tipo debía ser un abogado de provincia o un empleado de juzgado, y yo seguía empecinado en cuestionar sus opiniones. Solo al final de esta improvisada reunión supe que se trataba de Humberto Murcia Ballén, quien en ese momento era magistrado de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia y al año siguiente,

1984, asumió la presidencia de esa Corporación. Resultó que el Dr. Murcia y mi papá se conocieron de forma casual en Europa, a bordo de un crucero. A mi papá le llamó la atención un hombre al que le faltaba una pierna y que se desplazaba por la cubierta bamboleante con mucha agilidad, y este encuentro derivó en la invitación que mi papá le hizo para visitar Armero, afianzando entre ellos una gran amistad.

Tiempo después, la hija mayor del doctor Murcia consiguió un cupo para sus prácticas de medicina en Armero, de modo que el doctor Murcia visitó con alguna frecuencia a su hija —que se hospedaba en la casa de los Monroy— y también a nosotros, que igualmente tuvimos el honor de visitar su residencia al norte de Bogotá.

No recuerdo los detalles de aquel debate; considero que no dije muchas pendejadas, porque él mismo me ofreció ayuda con un nombramiento en la rama judicial para cumplir el requisito de la judicatura para graduarme. En esa época el poder de un magistrado de la Corte era inmenso, más que ahora, e inmediatamente me nombraron en un Juzgado de Instrucción Criminal en Ibagué, un alto cargo para un abogado bisoño; luego transité por Alvarado y terminé en Facatativá, siempre bajo su amparo. Este periplo se prolongó por un poco más de un año, me gradué de abogado en diciembre de 1984 y me radiqué en Armero.

Una de las razones por las que no estuve en Armero aquel fatídico 13 de noviembre fue ir a visitar al doctor Murcia en su casa, terminada la sangrienta toma del Palacio de Justicia por parte del M19. Lo encontré en su cuarto, acostado, con la cara aún ennegrecida por el humo y el fuego, muy maltrecho física y anímicamente, apesadumbrado por la convicción de que el gobierno había abandonado a los magistrados a su suerte y que habría sobrevivido solo gracias a un milagro.

Hoy, al mirar atrás, no puedo sino expresar mi más profundo reconocimiento y gratitud eterna al doctor Humberto Murcia Ballén. Su generosidad, su sencillez para mezclarse con la vida de provincia y su nobleza al tenderle la mano a un joven abogado marcaron para siempre mi camino profesional. Su memoria vive ligada a los mejores años de aquel Armero que se nos fue, pero cuyo recuerdo perdura en la gratitud de quienes tuvimos el privilegio de conocer su grandeza como persona y como eximio jurista.

Alexander Torres Calderon

 

 Hermanos Ramirez González:  de izquierda a derecha de   Roberto, Pedro, Zoraira y Ramon.  

 

Traumatizados con el Nicuro.  

Contexto: El nicuro (científicamente conocido en algunas de sus variedades como Pimelodus yuma o Pimelodus clarias) es un pescado de agua dulce altamente popular en la gastronomía de Colombia. Pertenece a la familia de los bagres (pimelódidos), por lo que se caracteriza por no tener escamas y poseer barbillas o Bigotes.  Explicación obligada para las nuevas generaciones.

Quiero compartir con todos ustedes el trauma que tengo con los Nicuros, trauma generado por mi padre Roberto y mis queridos tíos. Mis tíos eran Zoraida “La Nena” Ramírez una hermosa mujer, muy alegre, con una bella sonrisa, conversadora, bondadosa, la tía Nena era inmensa y su corazón era proporcional a su cuerpo, era una mujer supremamente amable y generosa. Fue una persona muy importante para mi padre, al convertirse en su figura materna ante la muerte de sus padres, fue quien lo crio, acompañó y lo sacó adelante. El tío Ramón, cariñosamente llamado “El Coronel”, que aunque nunca portó el uniforme era, sin lugar a duda, quien mandaba y la cabeza de la familia. Un hombre serio pero muy familiar, sumamente elegante, organizado, directo en sus palabras y a quien le debemos mucho porque su casa se convirtió en nuestro refugio tras la tragedia del 13 de noviembre. Finalmente, estaba el enigmático tío Pedro, no tengo muchos recuerdos de él, era muy serio, solitario, fumaba y solo tengo presente que vivía en una casa lote donde años después se construyó la sección de primaria del colegio Americano en Armero.  

En ciertas semanas del año los hermanos Ramírez González (La Nena, Ramon, Pedro y Roberto) se reunían en Armero para pasar algunos días juntos. Eran días en los cuales la rutina y horarios de mi hogar se cambiaba en su totalidad.

Mi padre se trasteaba a dormir en la misma habitación con mi tía Nena y el Coronel, aún me pregunto cómo lo hacían. Los hermanitos madrugaban a las 5:00 am a charlar, escuchar noticias y a tomar tinto. El menú de la casa variaba de inmediato, especialmente en el almuerzo, que era de obligatoria asistencia a una hora establecida, como se acostumbraba en esa época. En mi casa el almuerzo era a las 12: 30 horas. Es ahí donde inicia mi trauma con el famoso nicuro.

Para un día de almuerzo mi padre compraba entre 2 y 3 sartas de nicuro (forma tradicional en la que se agrupa y vende el Nicuro consiste en una hilera de aproximadamente 40 a 60 pescados amarrados o ensartados uno tras otro con una cuerda o fibra natural) para ser consumidos en el almuerzo por los hermanos Ramírez Gonzalez. El proceso era complicado porque cocinar entre 90 o 100 pescados promedio, dependiendo del tamaño, acompañados con papas, obligaba a tener una olla especial y una dedicación total para que los pescados no se deshicieran en el proceso de cocción, convirtiéndose más bien en una sopa de nicuro. Mi casa, si bien tenía una excelente ventilación, era invadida por el olor a pescado sudado que podía, inclusive, sentirse desde la verja de la casa, que distaba de unos 15 metros de la cocina.    

Este manjar completo era colocado en una bandeja “GRANDE” especial que tenía mi madre, en la cual, se disponían todos los nicuros sudados, aparte en otro recipiente se servían las papas y en una jarra plástica agua de panela fría con limón.    

Los Ramírez Gonzalez se sentaban en la mesa de la siguiente manera: el tío Ramón en la cabecera de la mesa, mi padre Roberto al lado derecho y la tía Nena al lado izquierdo. El tío Pedro no era muy asiduo participante o asistente al ritual de esos manjares ofrecidos por el Rio Magdalena. Frente ellos se ubicaba la bandeja con los nicuros (la verdad era un arrume de pescados), las papas sudadas, el agua de panela fría y una bandeja auxiliar para cada uno de los comensales. Mi madre Mercedes, mi hermana Claudia y yo estábamos en el otro lado de la mesa y éramos espectadores de este bacanal gastronómico. Como ustedes entenderán la mesa era exclusivamente para los hermanos Ramírez Gonzales. Mi padre y sus hermanos habían vivido en Honda Tolima mucho tiempo y de ahí, creo yo, aprendieron y adquirieron una singular forma de devorar pescados.  

El procedimiento para consumir los nicuros era muy sencillo: tomaban el pescado por la cabeza y la cola con las manos y lo pasaban por la boca succionado la carne (como si se tocara una armónica), para cada nicuro bastaban dos pasadas por la boca en ambas direcciones, para que quedara únicamente el esqueleto del pescado (endoesqueleto), el cual era depositado por cada uno de los comensales en la bandeja auxiliar.  Este proceso se repetía hasta acabar con la totalidad de los pescados cocinados. Creo yo que en promedio cada uno llegaba a consumir unos 30 pescados en una sola sentada. 

Para mí, personalmente, me era imposible hacer parte de este festín gastronómico de los hermanos Ramírez Gonzalez, creo sin temor a equivocarme, que desde esa época yo borre totalmente (Trauma) el nicuro de mis opciones alimenticias para el resto de mi existencia. Mi madre sabía que ese día había que hacer dos menús: uno para mis tíos y mi padre y otro muy diferente para el resto de la familia.          

Al término de este almuerzo los hermanos Ramírez Gonzalez se sentaban tranquilamente en la sala, como si nada hubiera sucedido y tomaban café para mejorar y facilitar la digestión.

Sin embargo, y muy a pesar del trauma creado, quisiera que hoy estuvieran compartiendo mi mesa, y si así fuera, tal vez... solo tal vez, podría unirme como comensal a su menú favorito.  

Con esta corta historia hago un homenaje a los Hermanos Ramírez Gonzalez, que ya no están en este plano y deberán estar desde el cielo mirándonos y riéndose de este bello recuerdo y trauma generado.

Roberto Augusto Ramírez Villamizar

 

  De Izquierda a derecha. Ramon "El Coronel" , La Nena Ramirez , Carlos Nieto Ramirez y  Roberto " El Pote" Ramirez.    

 

   Sarta de Nicuro en el Rio Magdalena. 

 

 ¿Hay futuro para Armero?

La Ley de Honores, 1632 de 2013 en sus artículos 1 y 4 trata del rescate y reconocimiento de la memoria histórica y cultural y de la dignidad del pueblo armerita que nos permitiría ser reconocidos e identificados. Este concepto de reconocimiento y dignidad se consolida y estructura cuando un pueblo ocupa un territorio común, es el Derecho Humano a la Libre Determinación de los Pueblos. Derecho, vulnerado y desconocido a los armeritas desde el momento mismo en que fuimos desplazados de nuestro territorio por una declaratoria de alto riesgo, dispersados en diferentes pueblos en forma inconsulta y arbitraria, aprovechando nuestra desorientación cuando la avalancha llego a nuestra casa sin capacitación, orientación ni medidas oficiales concretas y nos obligó a priorizar la búsqueda de nuestros familiares en pueblos incomunicados y caóticos que pensar en el terreno que nos empujaban a abandonar. Derecho Humano que está por encima del orden constitucional y nacional, reconocido por la carta de las Naciones Unidas desde 1945 y el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de 1966. Este territorio es el que nos ha congregado cada año a conmemorar la tragedia de nuestro pueblo, durante estos 41 años en actividades autóctonas de unión, amistad y recordación, saludando amigos llegados de todas partes del mundo, visitando el cementerio para los que no pudieron ubicar sus casas donde ubicar una lápida con nombres pero sin muertos y pasando el dia entre abrazos, fotos y recuerdos.

El Derecho a la propiedad de estos terrenos nos fue vulnerado, impidiéndonos acceder a los archivos del IGAG, llamado duran sin la libre disposición de los bienes, no se pudo comprar ni vender pero si, permitiendo que se convirtiera en un territorio proclive para invasiones de ganado, negocios abiertos al público, construcciones, finqueros que corren sus linderos y trabajos de explotación minera. El territorio fue amojonado pero no alinderado, conllevando a que hoy se deban replantear los linderos ante invasiones, títulos de propiedad y posesión.

En cumplimiento al artículo 17 de la Ley 1632, se expidió del Decreto Reglamentario 2205 de 2015 que ordena el Registro Único de Propietarios de Armero, RUPU, el cual fue publicado en agosto de 2021 como enormes falencias como lotes faltantes no identificados. De 4.187 lotes activos en la zona urbana, 266 de propiedad pública, 3291 son lotes privados. El RUPU relaciona 3288 folios catastrales y 3311 matrículas inmobiliarias. No aparecen viviendas cuyas existencias habían sido certificadas por el mismo IGAG, otras, con datos incompletos o falaces, y no aparecen barrios enteros como Pueblo Nuevo, Pradilla, Yavi o Protecho II y III.

Sin este RUPU, revisado y corregido, no se puede proseguir a la restitución jurídica y nacionalización de los predios. Además que, a pesar de la Inclusión de las Ruinas en la Lista Representativa de Bienes de Interés Cultural BIC, no han sido declaradas como tal, impidiendo su conservación, restauración, mantenimiento y protección por parte del estado colombiano. No hay cerramiento ni restauración ecológica del terreno para la evaluación del estado del ecosistema y la restauración arbórea y de especies nativas. Así, mientras perdemos el Patrimonio Material también se desdibuja entre los años, el Inmaterial.

Lo único que nos queda es la organización urgente y prioritaria del remanente armerita para ejercer acciones que restauren la propiedad y posesión sobre esos terrenos, único patrimonio colectivo existente. En 20 0 30 años ya no estaremos vivos con salud ni cuerdos, siendo la última población sobreviviente con arraigo e identidad cultural. Y que pasara con los terrenos? Pasaran a manos de terratenientes, finqueros, negociantes, empresarios, comerciantes, mineros, políticos y avivatos pero con visión sobre la importancia de este terreno, estratégicamente ubicado, con tierras bañadas de volcán, próspera, productiva y valorizada, produciendo dividendos económicos, mientras los armeritas errantes, sin pueblo y diluidos en el tiempo y el olvido. El futuro solo lo tendremos alrededor de este territorio que entraña un legado para futuras generaciones que destila miel y prosperidad para permanecer, contar una historia y jalonar, de nuevo, el desarrollo del norte del Tolima.

Esperanza Tovar Cala  

 

 

 

Y sigue dando cátedra…

 

 

 

 

Friedrich Willy Mieth Ghenthe y Aliria angarita de Mieth.

 

PANADERIA SAJONIA-- FAMILIA MIETH ANGARITA.

El olor a pan recién horneado está todavía conmigo. Crecí viendo a una mujer que no le decía que no a nada para poder darles a sus hijos y a los demás miembros de su familia el bienestar que ella deseaba para ellos.

Contaré una de las historias de mi familia que, junto con todas las vividas, nos ayudó a ser lo que hoy somos.

La Panadería Sajonia nació de una necesidad económica bastante grande, cuando mi madre decidió apoyar incondicionalmente a mi padre para tener otro ingreso, que tanto necesitaba la familia en ese momento.

Ella, muy inteligente, decidió hablar con sus grandes amigas Salua de Murad y doña Ofelia de García, ambas trabajadoras independientes con negocios prósperos, para decidir entre las tres cuál podría ser el mejor negocio que mi madre, Aliria Angarita de Mieth, podía montar. Después de mucho análisis llegaron a la conclusión: hacer pan; ese era el negocio. Una buena panadería era una excelente oportunidad, y fue ahí, de esa reunión de amigas solidarias y comprometidas, donde nació la Panadería Sajonia.

Ahora se presentaban otros retos: mi mamá no sabía hacer pan, así que un grupo de amigas alemanas le compartió sus conocimientos y le enseñó a hacer el famoso pan aliñado. El pan huevo fue el primero que salió a la venta.

Así comenzó, a punta de prueba y error, a hacer el pan en el pequeño horno de la estufa de la casa. Me acuerdo de que mis hermanas mayores, Elsa e Irma, se turnaban para hornear y muchas veces amanecían acompañando a mi madre. Una vez salía el pan del horno, se dejaba enfriar y se repartía en las casas de las amigas. Ese trabajo de repartidora del pan era mi responsabilidad, con apenas ocho años. La verdad, trataba de hacer bien mi tarea, pero a veces perdía el control del canasto (no era tan grande; no era por el peso, sino porque, en lugar de caminar, corría) y el canasto terminaba en el suelo. Aun así, siempre cumplía con mi tarea de entregar el pan y llegar a la casa con el dinero de la venta.

Iniciaba el recorrido parando en el Colegio Americano, con la señorita Carmen Durán, y en la casa de la familia Arciniegas; luego pasaba por las casas de la señora Cleotilde de Charry, la señora Priscila de Fernández y la familia Zárate; seguían doña Ofelia, la familia Arias y Salua de Murad con su familia, entre otras.

El negocio empezó a consolidarse y a mostrar que sí tenía futuro. Entonces entraron mi padre y mi hermano mayor, Willy, y empezaron a diseñar el plan para darle forma a la panadería en la que tantos armeritas tuvieron la oportunidad de degustar sus deliciosas cañas, borrachos y mojicones, el pan cedro, el pan huevo y el pan integral, muy apetecido sobre todo entre las generaciones mayores, además de tantas otras variedades que se producían.

La panadería ya tenía nombre: Sajonia. Mi padre, Willy Mieth, quiso darle así un reconocimiento a su patria chica, y seguíamos creciendo.

Con el aumento de las ventas ya no dábamos abasto con los pedidos, y no se podía seguir usando el horno de la casa. Se adquirió el primer horno, uno blanco, a gas. El cambio hizo que nuestros amigos y clientes fueran hasta la panadería a esperar que saliera el pan recién horneado y, así, calientico, lo disfrutaban. Se daban el gusto de comer pan recién salido del horno, y el poco que quedaba llegaba a la casa para disfrutarlo en familia. Entre quienes más disfrutaban de ese momento estaban nuestro amigo Roberto Arias y la familia Gutiérrez Zárate.

Seguíamos creciendo. Mi hermano Willy y mi padre decidieron que era el momento de incorporar tecnología para poner en marcha un plan más grande. Fue entonces cuando se decidió construir, en la parte de atrás de nuestra casa, la sede de la Panadería Sajonia. Se utilizó el lugar donde mi padre tenía su taller, donde se crearon tantas máquinas y que nos dejó tantos recuerdos; su entrada era por el portón, por la parte del garaje de la casa.

Mientras eso ocurría, mi madre viajaba todos los días a Mariquita (Tolima) a estudiar; así es: a estudiar cómo hacer pan. La panadería La Rosa Blanca nos abrió sus puertas. Ese salto fue muy importante. Como familia, siempre estuvimos muy agradecidos con los dueños de La Rosa Blanca por habernos dado esa oportunidad: compartieron secretos del negocio, guiaron a mi padre y a mi hermano sobre lo que era mejor para crecer, y a mi mamá le dieron la mejor preparación.

Se puso en marcha la industrialización de la panadería. Se construyó un horno nunca antes visto en Armero, obra del mejor constructor de hornos de la zona, oriundo de Honda y recomendado por los dueños de La Rosa Blanca. Este horno tenía capacidad para 30 latas de 80 × 100cm, se calentaba con ACPM y contaba con control de calor y termostato. Pero lo mejor era ver cómo los empleados de la panadería, algunos de ellos antiguos empleados de La Rosa Blanca, como Raúl Flores (nuestro empleado más leal, quien con los años se convirtió en parte de nuestra familia y hoy vive en su casa en Ibagué), sacaban las latas de pan y les daban el término de cocción perfecto. Además de este horno, la panadería contaba con la tecnología de panificación que existía en ese entonces: mezcladoras, cortadora, cilindradora, un espacio para el descanso de la masa, mesón de moldeo, estantes metálicos y su bodega, donde se almacenaban la harina y todos los ingredientes necesarios para la producción del pan.

Ahí todos trabajábamos; cada uno tenía su labor. La mía era “embolar el pan”, que consistía en preparar la mezcla de huevo con leche y pasarla por cada uno de los panes antes de hornearlos. Mis hermanos vendían, y la abuela Etelvina se encargaba de hacer la crema rosada que se les ponía a las famosas cañas. Los sobrinos eran los que les ponían la mantequilla y el azúcar a los roscones y a los panes de mantequilla recién salidos del horno; claro, por cada uno que le ponían, uno que se comían.

La panadería fue creciendo, y la familia también: llegaron las cuñadas, los cuñados y los sobrinos, y todos pasaban a ayudar a la hora del boleo. Todos aprendimos a querer la panadería y a respetar el esfuerzo de mi madre por haber cristalizado su sueño.

Me acuerdo de que la fama de la panadería no solo creció en la ciudad, sino que llegó hasta poblaciones como Méndez, de donde venían varios dueños de negocios a comprar pan cada semana (no sé si todavía exista la banca del parque que decía “Panadería Sajonia de Aliria de Mieth”), y también desde Palocabildo, San Pedro y Cambao. En su mejor momento, la panadería llegó a tener 12 empleados y se hacían 30 arrobas de pan diarias.

Una anécdota muy linda es la de don Miguel Gutiérrez, gran amigo de la familia, quien, al ver que la panadería no contaba con una caja registradora, llegó un día con una caja en la que se podían poner los billetes ordenados y que se podía cerrar con llave, además de un molde de metal donde se ponían todas las monedas. Esa fue la única caja que tuvo la panadería durante toda su existencia. Mi madre nunca la quiso cambiar, porque era un regalo que apreciaba mucho.

Otra anécdota: en Guayabal había un ancianato, y mi mamá también les enviaba pan a los abuelitos; en su cumpleaños iba hasta allá y llevaba almuerzo, gaseosas y, claro, el tradicional ponqué.

Otra más: en El Líbano vivía mi tío Eduardo Angarita, odontólogo, que era el único que podía entrar al convento de clausura que había allí. Les llevaba pan a las monjas y, como les gustaba tanto, les prometió que su hermana Aliria les iba a enseñar a hacerlo, y así fue. Mi madre viajaba de Armero a El Líbano, y allí les enseñó a las monjitas a hacer el pan.

Me marcaron muchas vivencias, pero lo que más me marcó fue ver que, así como recibía, mi madre compartía. Me acuerdo de que en Navidad, a todos los niños que llegaban a comprar pan, ella comenzaba a preguntarles cuántos años tenían, cuántos hermanos, sus tallas… Esa lista crecía año tras año y, con la lista en mano, iba donde doña Ofelia y donde Salua a comprar lo que ella llamaba “la pinta de Navidad” (la pinta completa, incluidos zapatos y medias). Después de cerrar la panadería, nos gastábamos horas y horas haciendo los paquetes de regalo. El día en que los niños eran citados, a cada uno se le entregaba una bolsa de galletas y su regalo. Esa tradición continuó por muchos años.

Los años pasaron y nuestros padres empezaron a sentir el peso del tiempo y del intenso trabajo; su ritmo disminuyó. Ya no se hacía la misma cantidad de pan; solo se continuaba con una historia que marcó muchas vidas.

Y estas anécdotas reposan en la memoria de muchos de nosotros y de todos los que vivieron en la calle 10 o estudiaron en el Colegio Americano, a quienes el olor a pan recién horneado les recordaba la hora del recreo o la hora de salir corriendo a comprar pan. Esta historia terminó el 13 de noviembre de 1985, pero sigue viva en nuestros recuerdos.

Gracias al Periódico El Norteño por invitarnos a compartir esta historia de nuestra familia.

 

Hildegard Mieth 

 

  Banca en el parque principal  del Corregimiento de Mendez    patrocinada por la Panaderia Sajonia. Aparecen Irma Mieth de Araque y sus hijos Federico, Guillermo y Erika. Asi mismo Rudy Andres Mieth Acosta QEPD.    

 

   

 Contadores de 1985: lápiz, sumadora y papel carbón.

 A Fulvia Barbosa Caleño, contadora de Armero. Cuando dudaba si estudiar Contaduría valía la pena, fue a ella a quien le pregunté. Su respuesta me dio el impulso para seguir un camino que me ha sostenido toda la vida. Hoy vive fuera del país, pero estas líneas también llevan su nombre.

Soy contador público egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en 1989. En 1985 era todavía estudiante, y la noche del 13 de noviembre la pasé en casa, inclinado sobre los libros. No supe nada hasta la mañana siguiente, cuando el país despertó con la noticia de que Armero había desaparecido. Esa fecha quedó unida para siempre a mis años de formación, y por eso quiero contar cómo era el oficio que entonces aprendía.

En 1985 un contador colombiano cerraba el año con lápiz, sumadora de rollo y una pila de libros empastados. No existía la DIAN, no había Estatuto Tributario y nadie hablaba de NIIF. Aun así, esa generación sostuvo la contabilidad del país en uno de sus años más duros, el de la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero.

La oficina: tinta, papel y paciencia.

La herramienta reina era la sumadora eléctrica con su rollo de papel. Cada suma se revisaba dos veces, porque un error en el Diario se arrastraba al Mayor y de ahí al balance.

Los libros oficiales se registraban en la Cámara de Comercio y se diligenciaban a mano o a máquina de escribir. Las copias salían con papel carbón, y una corrección exigía tachar con cuidado, nunca borrar.

Los primeros computadores personales apenas llegaban a las firmas grandes. Para la mayoría de los colegas, “sistematizar” era un sueño caro: el software contable que hoy usamos a diario no existía todavía.

Una profesión joven.

En 1985 la contaduría como profesión regulada tenía apenas 25 años. La Ley 145 de 1960 fue el primer reconocimiento del Estado a la contaduría como profesión liberal con responsabilidad pública.

Esa ley exigió que quienes ejercieran tuvieran título universitario de contador público. Las facultades se habían multiplicado y convivían con los llamados “contadores autorizados” de la vieja guardia, formados en la práctica.

El gremio también llevaba tiempo organizándose: el Instituto Nacional de Contadores Públicos tenía personería desde 1952. En los ochenta se debatía con fuerza el papel del revisor fiscal y la presencia de las grandes firmas extranjeras de auditoría.

Los impuestos: la DIN y un IVA recién estrenado.

El recaudador no era la DIAN sino la Dirección General de Impuestos Nacionales, la DIN, dependiente del Ministerio de Hacienda. La DIAN solo nació el 1 de junio de 1993, al fusionarse la DIN con la Dirección de Aduanas.

El asesor tributario de 1985 vivía una época de cambios rápidos. Con el Decreto Ley 3541 de 1983, en el gobierno de Belisario Betancur, el IVA llegó al comercio minorista, con tarifa general del 10% y tarifas diferenciales del 20% y 35%.

En pocos años se encadenaron varias reformas: las Leyes 9 y 14 de 1983, la Ley 55 de 1985 y la Ley 75 de 1986. Las normas estaban dispersas en decretos y leyes sueltas, y el especialista en impuestos se distinguía por saber dónde buscar. Las declaraciones se hacían en formularios de papel, a mano o a máquina, y se radicaban en ventanilla.

Los contadores de Armero.

Armero no era un pueblo pequeño. Era un centro algodonero próspero del norte del Tolima, donde funcionaban cinco bancos, además de comercios e industrias. Alrededor del parque Los Fundadores estaban la Caja Agraria y el Banco Cafetero, y allí mismo una sede del Banco de Colombia. Cada una de esas oficinas, cada desmotadora y cada almacén tenía su contador, su auxiliar o su tenedor de libros.

La avalancha de esa noche se llevó a más de 25.000 personas, y con ellas a colegas cuyos nombres no recogió la prensa. Sus libros, sus balances y sus declaraciones quedaron bajo el lodo. Este artículo también es para ellos.

Lo que estaba por llegar.

Los contadores de 1985 trabajaban casi sin reglas contables escritas. Estudios de finales de los setenta y comienzos de los ochenta mostraron que esa libertad se había aprovechado mal. Lo que siguió cambió  el oficio por completo:

  • 1986: el Decreto 2160 fijó por primera vez las normas de contabilidad generalmente aceptadas; rigió desde el 1 de enero de 1987.
  • 1989: el Decreto 624 reunió las normas tributarias en el Estatuto Tributario.
  • 1990: la Ley 43 complementó la Ley 145 y dio a la profesión su código de ética.
  • 1993: nació la DIAN y el Decreto 2649 reemplazó al 2160.
  • 2009 en adelante: la Ley 1314 abrió el camino a las NIIF.

De la sumadora a la factura electrónica.

Hoy el contador concilia en la nube, presenta declaraciones con firma electrónica y recibe facturas que la DIAN valida en segundos. Pero el fondo del oficio sigue siendo el mismo de 1985: dar fe de que las cifras dicen la verdad.

A quienes ejercieron en aquellos años, con tinta y papel carbón, les debemos buena parte de la confianza que la profesión tiene hoy. Vale la pena contar su historia.

En Armero quiero recordar a algunos de ellos por su nombre: Eliecer Enrique Roca Marenco, Jorge Enrique Portela, Alberto Quintero, Julio Ramírez, Hugo Zambrano y Humberto Rincón. No todos tenían tarjeta profesional, pero todos llevaron las cuentas de su pueblo con ética y rigor. Ellos también son parte de esta historia.

Artículo escrito con apoyo de IA.

Por Juan Carlos Ramos, contador público. @Juan Carlos Ramos

 

Fuentes

  • Historia de la contaduría en Colombia — Accounter
  • Historia del INCP
  • Desarrollo académico y gremial de la contaduría — U. de Antioquia
  • Principales temas de la contaduría pública — U. Externado
  • ¿Cómo nació la DIAN?
  • Así ha evolucionado el IVA en Colombia — INCP
  • Reformas tributarias históricas — Consultor Contable
  • Decreto 2160 de 1986 y Decreto 3129 de 1986
  • Contrapartida 5793 — Hernando Bermúdez
  • El Armero que viví — Semana
  • 28 years later, Armero tragedy still brings pain — Colombia Reports
  • Armero tragedy — Nomadic Niko

 

 

 

  Boda de Pollito Amezquita y Betty Valero. 

 

LA PRIMERA BODA EN LA TARDE

La bella Iglesia de San Lorenzo, Testigo de grandes acontecimientos como Matrimonios, Bautizos, Sepelios, Confirmaciones y Primeras Comuniones, hizo que estos oficios religiosos se convirtieran en bonitas historias de vida que quedaron grabadas para siempre en la memoria de sus protagonistas.

Fue en este hermoso lugar donde el 1 de junio de 1958 se celebró el “PRMER MATRIMONIO” a las 6:00 p.m. Hasta ese momento, todas las bodas se realizaban desde las 5:00 a.m. hasta las 12:00 del mediodía. Esto se debía a las normas eclesiásticas en Colombia, según las cuales los sacerdotes —llamados también curas porque curaban el alma— debían guardar un estricto ayuno antes de llevar a cabo estos oficios religiosos.

En esa época, el Padre Alfonso Gaitán Orjuela acababa de llegar de Italia para asumir la Parroquia de San Lorenzo como párroco de la Iglesia. Él venía con el deseo de hacer muchos cambios y romper esquemas del pasado.

En ese entonces, nuestra Madre trabajaba allí como la Secretaria del despacho parroquial y nuestro Padre en el Banco de Colombia….

Y….. NACE LA HISTORIA

Era un bonito y soleado domingo, ese 1 de junio de 1958, cuando una joven y bella pareja decidieron contraer Matrimonio a las seis de la tarde en nuestra hermosa Iglesia de San Lorenzo de Armero. Los contrayentes eran nuestros Padres: Hipólito “Pollito” Amézquita Caldas (hijo de José Amézquitay Bernarda Caldas de Amézquita) y María Beatriz “Betty” Valero Alarcón ( Hija de Rafael Valero y Carmen Rosa Alarcón de Valero).

Nuestra Madre (hija única), era la sobrina del famoso Maestro Francisco “Pachito” Alarcón Ayala, así como de Helena e Isabel Alarcón Ayala, quienes eran reconocidas como las famosas y grandes Coristas en Latín de la Iglesia San Lorenzo de Armero.

Para la ocasión, la Novia salió caminando desde su casa materna (ubicada cerca al sector del Senderito) , con su bello vestido blanco de gran cola , guantes manto y corona en compañía de sus Damas de Honor que arrojaban pétalos de flores por toda la calle, donde todos los vecinos del sector y demás personas que querían ver el gran acontecimiento le hicieron la calle de Honor .

Durante todo el recorrido por la Mítica Calle 12 hasta llegar al templo, fue acompañada por los tradicionales boladores y la música de la Orquesta de las Águilas del Norte, dirigida por su tío, el famoso Maestro Francisco (Pachito) Alarcón.

En la puerta de la Iglesia los esperaba nuestro Padre, POLITO, (llamado así cariñosamente por su familia y amigos) junto a los padres de los novios y demás familiares, los Padrinos y el Padre Alfonso Gaitán Orjuela, quien ofició el sagrado Matrimonio.

El Párroco, recién llegado de Europa y muy allegado a la familia, había sido el principal promotor de esta innovadora Boda Vespertina.

Nuestros padres nos contaban que la Iglesia se llenó en su totalidad. La multitud se aglomeró a las afueras de ella y en el Parque de los Fundadores, esperando con entusiasmo la salida de los recién casados. Desde allí se dirigieron al Salón Social para disfrutar de una gran fiesta acompañados por sus amigos, familiares más cercanos y grandes personalidades del pueblo.

Entre los asistentes se destacaron sus padrinos españoles, Eduardo Puerta y Juana María Bilbao de Puerta, así como el Dr. Nelson Restrepo, Pompilio Tafur y su señora, y los señores Nieto, entre otros.

Es así como el Matrimonio de nuestros Padres rompió los esquemas de la época, abriendo el camino para que las Bodas Religiosas y demás oficios pudieran celebrarse a cualquier hora del día en nuestro municipio y en el país, una tradición que perdura hasta el día de hoy…

Martha Cecilia Amezquita Valero

Hipolito Amezquita Valero. 

  Parroquia San Lorenzo de Armero - 1958.  

Los hijos del volcán, la última generación de la ciudad blanca.

 

El próximo 13 de noviembre se recuerda una vez más la tragedia de Armero. Han pasado 41 años desde aquella noche de 1985, y yo sigo insistiendo en que una de las heridas más dolorosas de aquella catástrofe fue la pérdida de tantos niños valientes que se enfrentaron a la furia del volcán del Ruiz y lograron sobrevivir.

Posiblemente, sacaron fuerzas de donde ya no las tenían para aferrarse a la vida, porque no querían dejar solas a sus mamitas. Soñaban con crecer a su lado, recibir sus caricias, escuchar sus voces y compartir sus días. Quizás nunca imaginaron que sus vidas cambiarían para siempre; que sus nombres, sus historias y sus destinos tomarían otros rumbos y que, así como se estrena un par de zapatos, estrenarían mamá.

Aquella noche, la vida de muchas mujeres también cambió para siempre. Algunas vieron cómo sus pequeños desaparecían de sus brazos; otras, confiando en que estarían seguros mientras ellas se recuperaban de sus heridas, los dejaron en albergues donde después perdieron su rastro. Algunas supieron, por videos e imágenes, que sus hijos habían sobrevivido. Pero saber que estaban vivos no significaba saber dónde encontrarlos ni cómo volver a abrazarlos.

Desde entonces, muchas madres comenzaron a vestirse con el traje de la angustia, y durante todos estos años no han dejado de lucirlo. Con el corazón bordado de dolor, aunque en sus labios se pose una sonrisa, han transitado por la vida aferradas a la esperanza de volver a verlos.

Y mientras los años siguen pasando, ellas conservan ese sueño. Sueñan con encontrar a sus hijos, saber de sus vidas, conocer los rostros que el tiempo ha transformado y descubrir en sus miradas algún rasgo de aquellos pequeños que una noche se les perdieron. Sueñan con escuchar sus voces, pronunciar sus nombres y, sobre todo, estrecharlos entre sus brazos, aunque sea una sola vez, para decirles cuánto los han amado y cuánto los han esperado.

Porque hay abrazos que el tiempo no consigue borrar de la memoria, ni ausencias que logran apagar el amor de una madre.

Ellos son los hijos del volcán, la última generación de la ciudad blanca. Y a sus madres, que nunca han dejado de esperarlos, les envío mi abrazo solidario, con el deseo profundo de que la vida les conceda la dicha de reencontrarse con sus hijos.

Gloria Alzate

 

  Rincon Literario Armerita.  

El Gato Martínez, es el personaje central en la novela Mefistófeles no es mi nombre. Un relato que no cuenta una simple historia, en este caso la de una familia en San Lorenzo de Armero a la llegada de los alemanes. Un éxodo de extranjeros que llegaron al Norte del Tolima. Una novela hibrida que no se queda en la simple historia, es la combinación de diversas disciplinas y muestra ante todo, una investigación profunda. Escrita por Ángel Martínez, es todo un desafío y sugiero su lectura. Un libro que se lee de manera deliciosa porque se siente aprendiendo. Va dejando una serie de experiencias maravillosas, sorprendentes y llenas de toda esa sorpresa que debe tener una buena historia.

Carlos Orlando Pardo Rodríguez. Pijao Editores.

 

 

 La niña OMAIRA SÁNCHEZ de ARMERO.

 

Es sorprendente la devoción que se ha generado en torno a la niña Omaira Sánchez, y que se expresa en más de mil plaquetas que rodean su tumba y agradecen los favores recibidos. Son numerosos los testimonios sobre el apoyo recibido de la niña Omaira y aquí incluimos unos. Algunos afirman que la niña no hace los milagros, sino que es la intercesora ante DIOS, para que alivie el sufrimiento por sus quebrantos de salud, entre otras situaciones o problemas.

En todos los casos se sienten favorecidos por esta niña que en medio de su padecimiento mostró su fortaleza, que sustentaba en una profunda fe en Dios y por ello la visualizan como un ángel o una santa. Por eso no hay espacio para colocar una placa más de gratitud, en los muros creados para tal fin, y optan por ubicarlas en los sardineles o en las materas de cemento circundantes. Actualmente son adheridas a los escombros del entorno. El lugar donde falleció la niña Omaira, también se encuentra colmado de las mencionadas placas, veladoras y otros elementos que las personas depositan, igual como se observa en otros santuarios. Así mismo, se sabe que un devoto vino desde los llanos orientales, para agradecer un favor recibido e instaló un poste con reflectores, con un panel de energía solar y los correspondientes sensores, para que la luz se encendiera automáticamente al comenzar la penumbra y de esta forma nunca le faltara la luz.

Afirman que una señora procedente del municipio de Melgar le construyó un techo a la tumba, en señal de gratitud porque intercedió para recuperar su salud. Comenta que era menor de edad, cuando por televisión conoció lo sucedido con la niña en Armero y le generó un gran asombro por su fortaleza en tan difíciles momentos, así que, al igual que Omaira, cuando estuvo al borde de la muerte, nunca perdió la fe en DIOS. Para María Eugenia, ella es una Santa.

Conocí hace unas cuantas décadas, una propuesta en esquema básico, para crear un Mausoleo, diseñado por el Maestro Hernán Darío Nova, para que el lugar esté a la altura de cuanto esperan los devotos. El lugar lo amerita y será un gran logro que se avance en su construcción, no se debe dar más espera para construirlo. A través del tiempo, se ha tratado de crear un ambiente propicio con los Jerarcas católicos del Tolima, para ser escuchados, sin tener éxito. De hecho, en la actualidad, una devota adelanta gestiones directamente en el Vaticano. Se espera que finalmente la Curia lleve este clamor a la Santa Sede para que se estudie la factibilidad que la niña Omaira Sánchez, sea beatificada.

Se está dentro de los tiempos para realizar la solicitud, cumpliéndose con los dos requerimientos para su postulación, aun cuando con uno es suficiente: 1. Que no haya perdido la fe en Dios en el momento del martirio, teniendo evidenciada esa circunstancia mediante los videos que se  encuentran en las redes sociales. 2. En el caso de sanaciones, que se demuestre con los exámenes y pruebas, los favores recibidos o milagros mediante su intercesión.

En consecuencia, y ante el gran fervor y la romería que se ha venido observando a lo largo de casi 4 décadas, es importante que la Curia colombiana emprenda los procedimientos y convocatorias pertinentes para responder al clamor de la comunidad. No obstante, para miles de devotos ya es considera una Santa Popular.

 

LUIS FERNANDO MONROY URIBE. Autor del libro SOBREVIVÍ A LA CATASTROFE DE ARMERO

 

 ¿Qué es Armero, Tolima, para mí?

 

Esta pregunta me la hicieron mis hijas el año pasado, cuando comencé a planear, junto a mi madre, Connie Cabezalí, asistir a la conmemoración de los 40 años de la tragedia.

Para contestarles, comencé diciendo que Armero es un lugar guardado en mi corazón y en mi memoria. En esta última conservo muchos recuerdos, y muy gratos. Seguramente algunos estén idealizados, porque me llevan de vuelta a una infancia feliz, una época en la que no existían las preocupaciones —o, al menos, yo todavía no sabía que existían—.

Recuerdo los paseos al río Lagunilla. Claudia Ramírez nos llevaba a su hermano Cuco, a mí y a otros amigos hasta la parte alta del pueblo, subiendo por el final de la calle 12. Para nosotros, cada paseo era una pequeña aventura: el camino, el río y la emoción de estar juntos.

También recuerdo nuestras rutas “aventureras” para entrar al Club Campestre por la parte de atrás. Cruzábamos potreros y nos moríamos de miedo cuando pasábamos delante de las vacas. Una vez, algunas hicieron ademán de acercarse y salimos corriendo. Bueno, más que correr, volamos hacia la cerca, buscando cómo escapar: por debajo, por arriba o por donde fuera. ¡Lo importante era alejarnos de las vacas!

Y recuerdo la cigarrería de los Murat, adonde íbamos a comprar chocolatinas Jet. Después las compartíamos entre todos, casi siempre en la casa de Cuco o en la de mis abuelos. Eran momentos sencillos, pero se quedaron conmigo: la amistad, las risas y esa felicidad de tener poco que hacer, mucho que imaginar y buenos amigos cerca.

Cuando pienso en Armero, esos recuerdos aparecen junto a la tristeza por la tragedia. Armero es también el pueblo de mi infancia: el río, los potreros, las vacas que nos hicieron correr, las chocolatinas compartidas y las casas donde nos reuníamos. Quizá algunos recuerdos se hayan vuelto más luminosos con el paso del tiempo. Aun así, son míos y forman parte de lo que Armero significa para mí.

Por eso, cuando mis hijas me preguntaron qué es Armero, no pude responderles con una sola palabra. Es memoria, raíz y cariño. Es un lugar que ya no puedo visitar como lo conocí, pero que sigue vivo en las historias que guardo y en el corazón.

 

Carlos Cabezali Torres

 

 

 

   Celia Mercedes Acosta. 

 

"La Memoria se reconstruye con aportes en relatos "

 

‎En los años 40 hasta 1976 la empresa Leonidas Lara e Hijos Ltda., con sucursales en 23 ciudades y agencias, concesionarios y consignatarios con su enfoque en la industrialización y la diversificación de sus negocios no solo estableció una agencia en Armero Tolima y en otras tantas en las que trabajaron miles de personas.   En la agencia de Armero era administrada por la Sra Celia Mercedes Acosta., quien se desempeñaba en el área Administrativa en Recaudo y Cobranzas a nivel nacional. 

‎‎«De acuerdo con la memoria oral de su hija, Gloria Stella Marin Acosta Octubre de 2025»

‎"Buena tarde mi Madre entro a trabajar en 1948 , ella alcanzó a conocer al Sr Romulo Lara y Oliverio  Lara Borrero hijos del Sr Leonidas., mi madre viajaba de Armero a Bogotá y otras ciudades donde ellos tenían sucursales para hacer diligencias de recaudo y cobranzas, recuerdo estar con mi madre en la ciudad de Girardot y en La oficina Principal de los Lara en Bogotá, en la calle 26 con Carrera 10; Nos queda vamos don de mi tio en el Barrio Bosque Popular en Bogotá".

‎‎Esta empresa también fue un actor importante en la región, impulsando la economía local con la comercialización de vehículos, maquinaria e insumos agrícolas, no sólo representó importantes marcas de vehículos, sino llantas y accesorios, tuvo negocios de transporte, talleres de servicio y estaciones de gasolina.

‎Esa actividad trajo una consecuencia lógica. Incursionar en el negocio de ensamblaje de vehículos, idea que tuvo forma en 1961 cuando los Lara fundaron una planta en sus bodegas de la calle 13 con carrera 32 de Bogotá en la que inicialmente se ensamblaron Jeep Willys y camiones International de 20 toneladas y en una segunda etapa vehículos Peugeot 404. Más adelante, cuando hubo escasez de divisas, se presentó la oportunidad de ensamblar vehículos procedentes de la cortina de hierro como el Polski,  Fiat y el Zastava, cuyo CKD llegaba por medio de acuerdos comerciales en los que a cambio de las autopartes se colocaba café de diferentes partes de Colombia.

Paralelamente surgió en el país la industria de autopartes producto de la integración de componentes nacionales que demandaban los vehículos. En 1972 entraron como socios a la ensambladora la casa Fiat de Italia y el Instituto de Fomento Industrial, IFI, que junto a "Leonidas Lara e Hijos" conformaron la Compañía Colombiana Automotriz, CCA, último gran negocio de la firma, que pocos años después se retiró.

En 1976, venció el término legal de constitución de "Leonidas Lara e Hijos", tanto los socios sobrevivientes como los demás miembros de la familia decidieron no continuar, con lo cual la firma entró en liquidación. Luis murió el 5 de septiembre de 1979 y Rómulo el 22 de noviembre de 1982.Además de haber sido pioneros en varios campos de la actividad económica del país, el legado de los Lara fue la demostración de que Colombia es un país de oportunidades si se trabaja en procura de ellas, y que la honestidad es una herramienta para conseguir grandes logros.

‎se destacó como una de las principales exportadoras de café en Colombia, además su ‎enfoque en la industrialización y la diversificación de sus negocios lo convirtió en un referente en el ámbito empresarial colombiano.

‎‎Leonidas Lara es reconocido como uno de los empresarios más importantes del país, con una visión que trascendió fronteras con la exportación de café e importación de maquinaria agrícola. En el campo social fundaron escuelas en varias ciudades; en mayo de 1954 apareció la Revista Lara que circuló mensualmente hasta 1961, una publicación de carácter cultural en la cual se incluían noticias de los campos de actividad donde la firma estaba presente.

‎‎Su legado perdura como un ejemplo de emprendimiento y visión estratégica.

 

Gloria Stella Marín Acosta

 

  Leonidas Lara (1856 - 1951). 

  Almacen Leonidas Lara e hijos. Bogota.  

 Distribuidor autorizado del Jeep Willys.  

 

 

 

 

 Las últimas risas en el canal de riego (acequia)de Armero.

 

El recuerdo que la avalancha no pudo borrar Una historia de amor de padre, recuerdos de infancia y una tragedia que cambió la historia de Colombia.

En Armero, Tolima, donde las montañas parecían abrazar al pueblo y las quebradas descendían entre piedras, árboles y vegetación, vivía un padre que encontraba en la sonrisa de sus hijos la mayor razón para levantarse cada mañana.

Mi padre (Noelito) era un hombre sencillo, trabajador y alegre. Los fines de semana, cuando sus obligaciones se lo permitían, buscaba la manera de regalarles a sus pequeños momentos que pudieran recordar toda la vida. No tenía grandes riquezas ni juguetes costosos, pero poseía algo mucho más valioso: tiempo para compartir con ellos.

Todas las mañanas, el sol iluminaba los campos, cultivos y casas de nuestro pueblo, allí existía un canal de riego cercano donde corría el agua fresca y cristalina, está era la acequia que surcaba el pueblo de sur a norte. Canal que servía para irrigar los cultivos de arroz, pero también para ser parte de la diversión de muchos niños, que alrededor de este, disfrutaban las tardes de baño, de pesca o coleccionando lo que llamábamos gallos. Esta era una flor que surgía de unos árboles frondosos que estaban sembrados a la orilla del cauce y con una vara de guadua, se sacaba del agua la flor, al final de la tarde contábamos quien había sacado más y nos marchábamos a tomar refrigerio en la tienda de la esquina. Refrigerio que era una Kola Bogotana con una chicharrona. ( la chicharrona era un pan típico de nuestro pueblo que tenia una masa especial, muy salado y relleno de chicharrón puro)

Noelito nuestro padre tuvo una idea que hizo saltar de emoción a sus hijos y los amigos.

—¡Muchachos, hoy vamos a navegar! —les anunció con una sonrisa.

Los niños lo miraron sorprendidos.

—¿En un bote, papá?

Él soltó una carcajada y señaló unas llantas viejas con sus neumáticos que había conseguido.

—¡En estas embarcaciones de lujo! Hoy seremos los capitanes de la quebrada.

Los pequeños estallaron en risas. Entre bromas, carreras y discusiones sobre quién sería el primero en subir, nos montamos en el JEEP de nuestro padre y nos llevó hasta el lugar donde el canal iniciaba su recorrido. Él revisó el lugar, escogió un tramo de corriente suave y les explicó cómo sentarse y sujetarse de las llantas. Quería que la aventura fuera divertida, pero también segura.

Cuando estuvimos listos, nuestro padre empujó suavemente las llantas hacia el agua y se acomodó junto a ellos.

—¡Capitán, estamos listos! —gritó uno de los niños.

—¡A toda máquina! —respondió Noelito, moviendo los brazos como si dirigiera un gran barco.

La corriente nos llevó lentamente entre las piedras. Las hojas de los árboles se mecían sobre sus cabezas y los pájaros acompañaban la travesía con sus cantos. Los niños salpicaban agua, se reían y competían por ver quién lograba mantener el equilibrio durante más tiempo. Éramos alrededor de unos diez niños navegando por ese canal de riego, sin salvavidas, sin chalecos y sin ningún otro tipo de elemento de seguridad. (Hoy esto sería para enviar a la cárcel al irresponsable)

Por unas horas, aquel rincón de Armero se convirtió en un reino de fantasía. Nuestro padre era el capitán de una expedición extraordinaria y sus hijos, los marineros más valientes del mundo.

Al terminar la aventura, nos sentamos en la orilla, con los pies en el agua y la ropa húmeda. Nuestro padre sacó de una bolsa lo que había llevado para comer y repartió los alimentos entre sus hijos y sus amigos. Mientras comíamos, los escuchábamos contar una y otra vez los detalles de su gran expedición.

—¡Yo fui el que más rápido navegó!

—¡Mentira, yo fui el capitán de verdad!

—¡Y yo fui el que no tuvo miedo!

Noelito Nuestro padre nos escuchaba con una felicidad que no necesitaba palabras. En aquel instante no pensaba en las preocupaciones del trabajo, en las dificultades de la vida ni en el futuro.

El sabía que los momentos más sencillos de la vida pueden convertirse, con el paso del tiempo, en los recuerdos más valiosos.

Hoy en día el canal de riego permanece allí, como testigo silencioso de tantas tardes felices, donde quedaron ausencias imposibles de llenar, familias separadas y recuerdos que se convirtieron en tesoros.

Porque hay momentos que ninguna tragedia puede arrancar del corazón. Los lugares pueden desaparecer, las casas pueden convertirse en ruinas y los caminos pueden quedar cubiertos por el tiempo; pero el amor de un padre y la alegría de sus hijos permanecen vivos en la memoria. Y aquella pequeña aventura en llantas sobre una quebrada quedó convertida en un símbolo de todo lo que hace hermosa la vida: compartir, reír, abrazar a quienes amamos y comprender que, muchas veces, los recuerdos más grandes nacen de las cosas más sencillas.

Hoy solo quería guardar en nuestra memoria aquellas voces, aquellas miradas y aquellas risas que navegaban por la acequia de mi pueblo. Una vez más puedo cerrar los ojos y regresar mi mente a esas aguas cristalinas y que allí seguramente seguirán los recuerdos de los pequeños, llenos de vida, llamando al capitán Noel. Allí seguramente estará él, joven y sonriente, convencido de que el mundo entero cabía en la felicidad de su familia.

Porque la avalancha se llevó muchas cosas de Armero, pero no pudo borrar el amor que quedó guardado en el corazón de quienes lo vivimos.

Andrés Diaz Uribe

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

UN VUELO, UN GRAN RECUERDO

 

Para cuando cursaba los años de bachillerato por allá en 1977 comenzó otra nueva etapa en la vida de quienes avanzamos año a año en la culminación de esta nueva meta, pero año tras año aprecian nuevas experiencias como trotes por pradilla, o marchas hasta la cima del Cerro de la Cruz algo que era fascinantes para unos niños que pasaban poco a poco a su adolescencia, jóvenes que veían esta mole de tierra en una gran llanura y marcada por una gran cruz en su parte más alta, de allí comenzaron las ansias de ir más allá, de seguir conociendo la parte rural de nuestro municipio.

Fu así que con el pasar de los años un grupo de jóvenes de los que los unía la amistad y la hermandad fueron ensanchando esos horizontes y para el año 1981 iniciamos a organizar unas salidas más prolongadas que demandaron organización y una logística en una época donde aún se podían realizar salidas al campo y no existían riesgos ni amenazas como ocurre en la actualidad.

Para esa época, las riberas del rio Sabandija fueron testigos mudos de tales aventuras. Hablar de como conjugamos en una idea el trabajo en equipo, como las ganas podían más que la escaces de algunos elementos y al momento de verificarlos todos estaban listos, no faltaba nada, carpas, linternas, arpones, anzuelos, escopetas, ropas adecuadas, plásticos, morrales, atarrayas, pero por sobre todo inexperiencia, amistad sincera y mil ganas de aventuras en una tierra que, aunque parte de nuestro terruño, bastante desconocida.

La salida un acontecimiento que nos marcó al igual que a nuestros hermanos y nuestros padres, quizás a los compañeros que no nos acompañaron. Pero para los que asistimos a esta gran aventura fue sin duda un antes y un después en nuestras vidas.

Hablar de Aquileo Parra (QEPD), Roberto Ramírez (Cuco), Tito Mauricio recordar Ascencio(QEPD) Sergio Olivero (QEPD), Tulio Mauricio Quezada, Juan Carlos Ramos, Alexander Vanegas es hablar de amistad eterna.

Recordar la pesca con atarrayas, arpón y anzuelos sin aun tener tal experiencia, la caza con caucheras, arpones y escopetas y el disfrute de las noches y las madrugadas en vela mirando estrellas, incluso pescando pues alguien nos dijo que era más fácil lograr excelentes resultados. Esta experiencia hizo aún más fascinantes y envidiables estos recuerdos que hoy marcan mi historia y las de aquellos muchachos del colegio americano, que apenas empezaban a vivir.

Quizás, el momento que marco estos paseos de camping fue uno inolvidable por la particularidad en la vida de quienes aun lo recordamos. En uno de esos días tuvimos una visita poco común, pues no fue por tierra como seria lo de esperarse pues estábamos bastante retirados rio abajo entrando por Guayabal un recorrido que hicimos a pie hasta el lugar donde armamos nuestras carpas y que avivo nuestras ansias de aventura.

En una mañana cerca de las 11:00 nos encontrábamos en el rio disfrutando de un delicioso baño y juegos cuando oímos un motor, pero no por la trocha sino a lo lejos y en la parte alta de los potreros, por el aire cada vez más próximo a nuestro lugar de camping llego de forma sorpresiva una avioneta, era el papa de nuestro compañero Tito Mauricio Ascencio el famoso Capi Ascencio.

Era quien piloteaba su avioneta Cessna de fumigación, pero ese día era un nunca esperado regalo, fue un momento mágico , inolvidable por lo especial y que estoy seguro marco nuestras vidas; ese día descubrimos la verdadera libertad sentimos que éramos capaces de caminar solos , vivir solos , comer solos , la soledad ya no era un castigo, ella nos hizo más fuertes, entendimos que el valor estaba en la confianza de nosotros mismos y que éramos capaces de asumir muchos retos aun los inimaginables para ese momento, aquella confianza que se forjo en nosotros mismos fue el fruto de la firmeza conque aun hoy permanecen nuestros principios.

Ese día inolvidable recibimos desde esa avioneta en cajas pollos asados y gaseosas, pollos, nada mas y nada menos que del inigualable asadero donde Capi; la avioneta dio tres pasadas nos saludo desde el cielo el Gan Capi Asencio y después de dejar su preciada carga se perdió en el Horizonte rumbo a la pista de  AR en armero.

Si ese evento no marca a unos jóvenes, no sé qué más los puede marcar en una época donde en la aventura es lo mejor que puede esperarse. Hoy después de tantos años sigo teniendo en mi mente ese gran recuerdo que sin duda han hecho feliz mi vida y la de mis compañeros de colegio y de aventuras, así algunos hayan partido primero al cielo, aun entre recuerdos Tristes hay momentos de alegría e inolvidables que son gratificantes y nostálgicos. Y para quienes amamos por siempre nuestro Armero, es un gran orgullo que estos recuerdos sean no solo míos sino de todos los ameritas. Quizás esto contribuyo a vivir 33 años más de aventuras y aprendizajes en el glorioso Ejercito nacional.

 

Cordialmente

CR(R) LUIS ALEXANDER VANEGAS ESPINOSA

OFICIAL DEL EJÉRCITO

ORGULLOSAMENTE ARMERITA

ARMERO VIVE

 

  

Coronel (V) LUIS ALEXANDER VANEGAS ESPINOSA

 

 

 

 

 

 

 

 

H

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memoria

 

nos queda no callar, no pasar la página y más bien compartir, con quienes llevamos en nuestras venas y en nuestro pensamiento, a el Armero qué nunca desapareció.

 

Por David Felipe Morales